Exiliados en Exilio Imprimir
Viernes, 25 de Noviembre de 2011 14:14

Exiliados en Exilio de rolando vargas.

Sobre el Documental

Con Hitler dominando el mundo, 150 alemanes terminaron en el Hotel Sabaneta, de Fusagasugá, vuelto campo de concentración. Un drama que revive el documental 'Exiliados en el exilio', que ha sido un verdadero tabú en la historia de Colombia.

El 15 de marzo de 1944 fue despachada una carta desde Barranquilla dirigida al Ministerio de Relaciones Exteriores, en Bogotá. Aunque se trataba de una petición personal, la firmante -una tal Mercedes- tuvo que redactarla en el costoso papel sellado, el de uso reglamentario para asuntos oficiales. En ella suplicaba que se le concediera cuando menos "el beneficio de vivir al lado de mi esposo para atenderlo como las leyes de Dios mandan". Las leyes terrenas, en este caso las colombianas, habían querido que Mercedes y Guillermo estuvieran separados. La mujer remataba la carta esperando que se le permitiera compartir con su marido "las penalidades impuestas por el destino".

El infortunio al que alude Mercedes tenía que ver con una cuestión de apellidos. El de su esposo era Dittmer y los de ella Weber Wolf. Ambos nombres procedían de Alemania, lo que significó una condena para cualquier exiliado en Colombia durante la Segunda Guerra Mundial. Por el hecho de llevarlo, Guillermo fue confinado en un campo de concentración que funcionó en Fusagasugá, en plena zona tórrida, y su mujer, a rogar para que le fuera autorizado el derecho a atenderlo.

Sesenta años después, Rolando Vargas y Catherine Cely han querido reconstruir la vida de los habitantes del Hotel Sabaneta, el lugar donde fueron internados en 1944 más de 150 ciudadanos alemanes y otros tantos japoneses, en ese entonces aliados del régimen.

Sol y sombra. El hotel parecía un veraneadero cualquiera. Los diarios de los internos demostraron que, a pesar de las comodidades, sufrieron el rigor de la reclusión.

"El campo de concentración lógicamente no fue uno como imagino eran los campos de concentración alemanes, no, porque los trataban más o menos bien, la comida era aceptable, lo único negativo del paseo es que tenían que pagar precios de hotel, entonces es lógico que a una persona como mi padre, que pagó durante casi dos años de hotel, se le acabara todo el capital que tenía". Quien habla es Gerhard Hiller, hijo de Georg Hiller. Hiller es una de las 30 personas que cuentan la historia de los suyos en Exiliados en el exilio, el documental de 59 minutos que Vargas y Cely realizaron a partir de hallazgos como la carta de la señora Weber. Con una estricta bitácora de trabajo y una lista inicial de 44 nombres -publicada en un boletín oficial de la época-, desde 1999 estos dos jóvenes desarrollaron una obsesión por aquellas personas que huyendo de la confusión producto de la guerra en Europa, se encontraron, para su mala fortuna, con una encarnizada persecución en un país que decidió declararse en la orilla aliada.

"LOS TRATABAN MÁS O MENOS BIEN, LA COMIDA ERA ACEPTABLE, LO ÚNICO NEGATIVO DEL PAS EO ES QUE TENÍAN QUE PAGAR PRECIOS DE HOTEL, ENTONCES ES LÓGICO QUE A UNA PERSONA COMO MI PADRE, QUE PAGÓ DURANTE CASI DOS AÑOS DE HOTEL, SE LE ACABARA TODO EL CAPITAL QUE TENÍA".

Nacido en Suavia, una región al sur de Alemania, cerca de Stuttgart, Carlos Reger participó como soldado en la Primera Guerra Mundial. Finalizada la confrontación emigró a Venezuela en 1926 y años más tarde saltó a Colombia invitado por un amigo. Bajando hacia Bogotá por el río Magdalena, Reger contrajo malaria y tuvo que parar en Barrancabermeja para recibir atención. La alta fiebre que lo aquejaba sólo podía ser menguada con hielo y la única que poseía el milagro del agua congelada era la Tropical Oil Company. Sumergido en una tinaja de agua helada, Reger superó la enfermedad y vio entre delirios su futuro: al curarse montó una fábrica de hielo y se quedó en Santander. Diez años después sería incluido en una de las listas negras elaboradas por el Gobierno norteamericano en mitad de la guerra por la presunta existencia de una pista de aterrizaje. "Que dizque tenía un aeropuerto por allá en Santander, cerquita de la finca que él tenía, donde dizque aterrizaban o caían paracaidistas alemanes", dice su hijo, que a los 9 años fue a Fusagasugá a visitarlo en compañía de su madre. Para las visitas, que eran jueves y domingo, los presos se esmeraban en tener alguna clase de regalo para sus hijos. El padre de Blanca Kuratomi, uno de los japoneses que compartió encierro con aquellos alemanes, solía secar al sol pescados de los estanques y regalárselos.

A Reger le fue asignada una habitación que tuvo que compartir con otras tres personas. La alcoba estaba equipada con un armario, una mesa de noche, un escritorio y dos asientos. Pagaba por la noche 3,25 pesos, y por servicios de lavado y planchado 2,50 Fue a dar allí "después de varios intentos de capturarlo en Medellín. Él tenía una personalidad muy recia, muy fuerte y siempre les decía a los detectives que no tenía tiempo de irse a Fusagasugá, que todavía tenía que arreglar muchos asuntos pero finalmente se lo llevaron a la brava". Carlos Reger llegó en 1944 al caluroso campo rodeado que dirigía en ese entonces un joven abogado, al que Vargas y Cely contactaron.

Escarbando. Cely y Vargas pasaron los dos últimos años entre páginas olvidadas para poder reconstruir la vida en Sabaneta.

Recién graduado, Delio Botero entró a trabajar como secretario de la sección de Extranjería y al poco tiempo se convirtió en el jefe de la oficina. Botero fue el instrumento de ejecución de la ley que estableció la reclusión de alemanes y japoneses en el Hotel Sabaneta. Fue él quien manejó los expedientes y se entendió con el dueño del hotel, "un señor Palau, español". A él le entregaba el dinero de la barbería, el restaurante y le pagaba el costo de la noche. Ese dinero no era desembolsado por el Estado, sino que provenía del Fondo de Estabilización, el que administró los 2.500 bienes de alemanes y 1.500 de italianos que fueron embargados mientras estuvo vigente la Ley de Extranjería que reglamentaba la restricción laboral de los inmigrantes. Al archivo de ese fondo, ubicado en las dependencias del Banco de la República, entraron Vargas y Cely. Fueron los primeros en tener acceso a esta información. Allí, entre muchas otras cosas, dieron con "las hojas verdes", el documento que se expedía en el momento de la reclusión.

Cada una de estas hojas encontradas les produjo taquicardia. En buena medida gracias a ellas fueron armando el rompecabezas de Sabaneta. Con los nombres que allí desenterraron, cogieron directorios telefónicos, cotejaron apellidos, corrigieron la ortografía de muchos de los mismos y finalmente llegaron a los entrevistados. Boris Beschiroff, Anne Kurk, Berta Kaneko, Güenther Hoewing, hombres y mujeres que les contaron cómo sus padres o abuelos sufrieron el rigor de la guerra. Cómo sus vidas fueron alteradas, irremediablemente cambiadas, porque Sabaneta, con todas sus comodidades, con su piscina, sus mesas de ping pong, tableros de ajedrez y mesas para jugar skat o bridge, fue finalmente un sitio de reclusión que para varias de estas personas significó su quiebra económica y de espíritu. Hiller lo siente así: "Yo creo que a mi padre al final eso lo acabó. El tener que comenzar como cinco o seis veces en la vida. Comenzar de nuevo... creo que al final ya no tenía ganas".

Aunque no se les maltrató físicamente, a los presos de Sabaneta se les minó psicológicamente. En uno de los diarios que les fueron facilitados a Vargas y a Cely, comprobaron que la espera y la incertidumbre terminó por enloquecer a algunos de los confinados. Continuamente se les hablaba del eventual cierre, de su pronto regreso a casa. Además fueron víctimas de terribles inocentadas como la que refiere José Morimitsu con su acento aún marcado: "Se la hicieron un 28 de diciembre. Que ya lo iban a liberar y todo el mundo a alistar la maleta. Celebraron esa noche fiesta, hicieron sashimi". Al día siguiente y sin ninguna explicación los hicieron formar a las ocho de la mañana.

A pesar de haber terminado la guerra y de haber perdido Alemania, los habitantes de Sabaneta siguieron unos meses bajo llave. Se les quería expulsar, enviarlos en un barco diplomático que estaba subiendo por la costa de Suramérica recogiendo alemanes para llevarlos de vuelta su país. Gracias a Delio Botero, que se hizo amigo de muchos de los reclusos, los alemanes de Sabaneta no alcanzaron a ser montados en el buque. "Me estrenaron con la notificación de la expulsión de diez alemanes". Botero los indujo a interponer recursos de reposición y apelación. Mientras se definía su situación pasó de largo el transporte salvándose de una pesadilla peor. En el futuro, el joven abogado que hizo de Schlinder criollo -guardadas las proporciones- fue empleado por Pfail Goetz Schneider, un alemán que manejó un Buick, uno de los dos carros con que contaba el campo de concentración de Sabaneta.

"QUE DIZQUE TENÍA UN AEROPUERTO POR ALLÁ EN SANTANDER, CERQUITA DE LA FINCA QUE ÉL TENÍA, DONDE DIZQUE ATERRIZABAN O CAÍAN PARACAIDISTAS ALEMANES".

Exiliados en el exilio termina con una carta entre esposos del 22 de septiembre de 1945. La escribió Walter Secker a Julita, su mujer: "Para Graciela, felicitaciones en su cumpleaños. Acaban de notificarme 1º de octubre podré regresar a casa".

Secker regresaría a Armenia a tratar de recomponer una vida, a atender a su mujer, a sacarle el quite a nuevas penalidades que el destino habría de imponerle.

Por: Andrés Felipe Solano.