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Domingo, 04 de Abril de 2010 21:47

Lázaro Fonte es un ejemplo típico de algunos de esos conquistadores con doble personalidad, capaces de lo mejor y de lo peor. Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, leal a la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Pero, es más, fueron varios los testigos que así lo afirmaron por lo que, cuanto menos, denotaba que estaba integrado socialmente. Pero, este feliz y cristiano padre de familia, por otro lado fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas así como de violar a niñas de seis o siete años que previamente ataba a palos cruzados en aspa.

Nació en Cádiz en torno a 1508, siendo hijo de Rafael y de Paula Fonte. Tenía un hermano y una hermana, ninguno de los cuales tomaron parte en la aventura americana. Probablemente su familia tenía orígenes canarios, primero, porque poseían bienes raíces en la isla de Tenerife que rentaban más de 3.000 ducados al año. Y segundo, por su señera amistad con Pedro y Alonso Fernández de Lugo, naturales ambos de aquellas islas, aunque ambos terminaron traicionando su lealtad. Pero inicialmente, fue su amistad con el canario lo que lo animó a emprender una aventura americana que, lejos de enriquecerlo, le terminó costando su propia fortuna.

La familia tenía reconocida su patente de hidalguía y gozaba de una situación económica bastante holgada. De hecho, en la expedición de 1534 que le llevó a Santa Marta, con el gobernador y capitán general Pedro Fernández de Lugo, lo hizo con su propio navío, ascendiendo los costes de salarios, alimentos y pertrechos a más de 4.000 ducados.

Pero no fue el único motivo que lo impulsó a buscar nuevos horizontes. El Jueves Santo de 1533, en la procesión de los disciplinantes, se vio implicado en la muerte de un alguacil en su ciudad natal. Tras los hechos, huyó a las sierras del interior de la provincia, entre Jerez de la Frontera y Tarifa. Un testigo, Melchor Ramírez, dijo que lo vio presentarse de noche en una posada, vistiendo un manteo o capa larga negra y un bonete del mismo color. Pero a los pocos días decidió regresar y presentarse en la cárcel ante la justicia. Hubo juicio y consiguió salir absuelto al demostrarse que el autor material no fue él sino un criado suyo, llamado Francisco Ruiz. Desde entonces y hasta finales de 1534, en que se embarcó con destino a Santa Marta, anduvo libremente por la dicha ciudad. Así, pues, el peso de la ley recayó exclusivamente sobre su sirviente. Sus propios contemporáneos mantuvieron siempre la duda sobre su grado de implicación en tan oscuros hechos. Y la verdad es que nosotros, casi quinientos años después, también albergamos nuestras sospechas, pues, no hay certidumbre de que el criado actuase por iniciativa propia.

Por tanto, cuando el nuevo gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, le pidió que le acompañase en su expedición, no le faltaron motivos para responder afirmativamente. Así, a finales de 1534, cuando contaba con unos 26 años de edad, inició su lamentable andadura indiana. En una información de méritos, presentada por él mismo, detalló su participación en la conquista y pacificación de los naturales del Nuevo Reino de Granada. Padeció trabajos y hambrunas, gastando más de 20.000 pesos de oro porque, según dijo, un caballo costaba entonces más de 50 pesos.

En recompensa por sus esfuerzos personales y económicos recibió tres repartimientos en la ciudad de Santa Fe, a saber: Fusagasugá que en 1566 tenía nada menos que 500 personas de encomienda, Engativá con poco más de un centenar y Tocancipá que entonces debía superar el centenar y medio. En total, dispuso de unos 750 indios de encomienda que le permitieron recuperar en breve lo invertido.

Pero, su enemistad con el teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, provocó su procesamiento como reo. En enero de 1539 se pregonó que ningún español rescatase esmeraldas. Sin embargo, Lázaro Fonte, al igual que otros españoles, continuaron rescatándolas. A finales de ese mismo año se produjo la atroz matanza de Fusagasugá que describiremos a continuación.

La matanza de Fusagasugá

A Lázaro Fonte se le procesó por tres cargos: uno, por haber rescatado esmeraldas con los indios, pese a la prohibición impuesta por el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, dos, por la matanza de Fusagasugá, y tres, por la violación de varias niñas indígenas.

Quede constancia que la causa fundamental por la que se procedió contra él, además de por su enemistad con el teniente de gobernador, fue por el rescate de esmeraldas de forma fraudulenta. Tanto la matanza de Fusagasugá como los casos de pederastia se consideraron agravantes del delito principal. Como se demostró a lo largo del proceso, excesos y violaciones fueron algo común en la Conquista y casi nunca dio lugar a un procedimiento judicial. Otra cosa era rescatar esmeraldas al margen de la legalidad, máxime si se eludía el quinto real. La Corona podía tolerar que un puñado de nativos perdiese la vida, pero no que se le defraudara; por esto último sí que era merecedor de pena de muerte. Por ello, el licenciado Jiménez le confiscó entre 6.000 y 7.000 castellanos en esmeraldas y oro que había acumulado rescatando fraudulentamente con los indios. En su defensa declaró que, pese a la prohibición, todos los españoles que había en el reino rescataban con los naturales, incluido el propio teniente de gobernador. Y probablemente era cierto. El testigo Juan de Céspedes declaró que vio rescatar esmeraldas al mismísimo teniente de gobernador, a los capitanes Valenzuela y Galeno así como a otros muchos, sin que fueran reprendidos por ello. Todo parece indicar, pues, que el procesamiento del gaditano se inició más por su enemistad personal con el teniente de gobernador que por que su conducta se considerase especialmente punible.

En el pueblo de Fusagasugá, que pertenecía a su encomienda, llevó a cabo una despiadada e injustificada masacre. Al parecer, todo se originó porque un yanacona de Fonte, llamado Yomo, informó que los indios habían asesinado a un español, llamado Antonio de Castro. Hernán Pérez de Quesada dio instrucciones a Lázaro Fonte para que acudiese a ver lo ocurrido y actuase en consecuencia. Es cierto que llevaba instrucciones concretas pero no es menos cierto que ni siquiera se aseguró si efectivamente habían asesinado al español como se había dicho. Cuando llegó, instaló a sus hombres a una legua y media de distancia y mandó a varios emisarios, entre ellos a su yanacona Yomo, pero no encontraron al cacique. Dos días después los indios atacaron el campamento de Fonte, incendiando algunos bohíos. Se defendieron los españoles y mataron a algunos de ellos, aunque continuaron intentando un tratado de paz. Finalmente, el gaditano consiguió convencer a los indios principales para que se juntasen en un bohío con el objeto de establecer la paz. Pero todo era una patraña porque, cuando estuvieron todos juntos, incendió la casa y el resto del poblado.

Algunos testigos presenciales narraron con detalle los hechos que todavía hoy, casi medio milenio después, sobrecogen. Francisco Gómez de Trujillo manifestó que juntó de paz a los 40 principales en un bohío y después le metió fuego. A los demás los aperreó, cortando las narices a los hombres que prendía y las tetas a las mujeres. Y, como no podía ser de otra forma, todo ello ocurrió después que le hubiesen entregado una gran cantidad de oro y esmeraldas. Otro de los informadores presentes en la matanza dio más detalles:

Que había muerto en el dicho pueblo de Fusagasugá treinta y dos capitanes, sin otros muchos indios y principales, y que asimismo vio este testigo como el dicho Lázaro Fonte dio a comer a sus perros hasta siete u ocho indios e indias que las mataba con los dichos perros. Y que asimismo vio este testigo como a un hijo del cacique de Fusagasugá le cortó las narices sin culpa ninguna y que desde entonces se levantó el dicho cacique. Y que a la sazón que esto pasaba e hizo estas crueldades, estaban los dichos indios de paz, haciéndole una casa al dicho Lázaro Fonte. Y que asimismo, vio cortar a otros indios las manos y narices y que esto sabe este testigo por estar en compañía del dicho Lázaro Fonte.

Uno de los principales contratiempos llegó cuando apareció el supuesto finado, Antonio de Castro. Y no precisamente por haber resucitado de entre los muertos. Al parecer, según contó, sufrió una agresión, dándole una pedrada en una oreja de la cual en ningún momento peligró su vida. Su testimonio resulta absolutamente surrealista:

A las doce preguntas dijo que lo que de este caso sabe es que el dicho Lázaro Fonte fue a pedir oro a los indios de Fusagasugá, y se lo dieron, y que oyó decir que había muerto a un hermano del cacique y a otros capitanes e indios y que decía el dicho Lázaro Fonte que los mataban porque habían muerto a este testigo.

Tras la matanza gratuita protagonizada por el gaditano, los naturales estuvieron alzados más de tres años, extendiéndose además a otros pueblos de su entorno. Y todo para obtener un pobre botín económico. Melchor Fábregas dijo que se trajo de allí entre 600 y 700 pesos de oro, cantidad que fue ratificada por Juan Tafur que en aquellos momentos era veedor real.

De todas formas Lázaro Fonte jamás reconoció su culpabilidad. Su defensa se basó en tres argumentos, a saber: el primero, que en realidad fueron siete u ocho los indios asesinados. Exactamente manifestó lo siguiente:

Que algunos de los dichos siete u ocho indios que tiene confesado que mató murieron con el espadas y otros aperreados cada uno conforme a la culpa que hallaba contra él en el alzamiento que habían hecho y muerte de un español que decían que había hecho en cuyo castigo este confesante estaba por virtud del dicho mandamiento. Que luego apareció Castro pero que le quisieron matar y lo hicieran si no se escondiera.

Que la matanza tuviera tan escasa magnitud no resultó creíble, habida cuenta de que hubo decenas de testigos presenciales que multiplicaron su número por seis o por siete.
El segundo, que recibía órdenes del granadino Hernán Pérez de Quesada, quien en cualquier caso debía ser el responsable último. No obstante, debemos decir, que aunque el andaluz no se caracterizó por ser mucho más compasivo, lo cierto es que en sus instrucciones no se especificaba el tipo de actuación que debía llevar a cabo. Es más, le pedía que se informase y que, una vez conocidos los hechos, hiciese justicia. Por tanto, se le ordenaba una pesquisa previa que Fonte nunca llegó a realizar.

Y el tercer argumento no nos resulta menos interesante. Según el gaditano era usual, en muchas partes de América, llevar a cabo grandes escarmientos como forma de disuasión. En la pregunta decimocuarta del interrogatorio presentado por Fonte en su defensa se decía que si no hubiese estos castigos los indios se alzarían y rebelarían y los que no están alzados no vendrían a servir, ni a dar la obediencia que deben. En otra pesquisa posterior, realizada el 15 de enero de 1554 por los oidores de la audiencia de la ciudad de los Reyes, se reiteró esta misma idea. Concretamente, en la pregunta cuarta se preguntaba lo siguiente:

Ítem, si saben que ha sido y es así uso y costumbre así en el dicho Nuevo Reino de Bogotá como en todas las otras partes y lugares de Indias que a los indios que se rebelan y alzan contra el Real servicio de castigarlos ásperamente, así matándolos a cuchillo como con fuego, echándoles perros que los muerdan y coman y empalándolos y haciendo otras maneras de castigo áspero porque tengan temor y ser en ejemplo para que los demás no se rebelen y esto se hace y ha hecho muy comúnmente en especial en el dicho reino de Bogotá y ha acontecido matar más de cien indios juntos y más y menos digan lo que saben.

Y lo cierto es que todos los testigos respondieron afirmativamente a dicha cuestión. Felipe de Sosa dijo que era así porque de otra forma no servirían a nadie y matarían a los españoles. Juan Bejarano añadió que así se lo vio él hacer al capitán Gonzalo Díez de Pinedo, mientras que Francisco de Niebla manifestó que vio personalmente muchas veces como daban este tipo de escarmiento a los indios del Nuevo Reino de Granada. Igualmente, Alonso Martín declaró que vio usar estas carnicerías en la provincia de Venezuela y en la gobernación de Popayán. También Rodrigo de Paz, vecino de la ciudad de Quito, manifestó que hacía 20 años que estaba en las Indias y que siempre vio castigar duramente a los indios que se alzaban, mientras que Antonio de Cepeda añadió que el virrey Antonio de Mendoza actuó con la misma dureza en la guerra de Jalisco.

El pederasta

El tercero de los cargos que se le imputaron fue el de violación de niñas indígenas, lo que hoy llamaríamos pederastia. El estudio del caso nos ha resultado muy interesante, más que por el conocimiento de la negra biografía del gaditano, por las actitudes que mostraron el propio encausado así como varios testigos presenciales.

Se le imputaron dos casos concretos de pederastia, verificados ambos por numerosos testigos. Por otros testimonios, sabemos que violó a más niñas, pero no se aportaron datos concretos en este proceso. Por ejemplo, Juan de Güemez declaró que además de los dos casos conocidos, sabía que el dicho Lázaro Fonte se echó con otras niñas sin ser cristianas y que las corrompió.

La primera de las niñas violadas, fue la hija del cacique Bogotá que tenía siete u ocho años. Sobre este caso los testigos apuntan datos sobrecogedores sobre su forma de actuar. Simón Díaz fue testigo presencial y, aunque su cita es algo larga, me permito transcribirla entera por su interés:

Que vio como el dicho Lázaro Fonte echó en su cama una muchacha de Bogotá, de edad de siete u ocho años, y allí la tuvo y la corrompió porque este testigo la oyó llorar y dar gritos aquella noche. Y otro día vio este testigo en la cama del dicho Lázaro Fonte la sangre que le había caído a la dicha niña y dijo a Juan de Güemez y a otros compañeros, mirad que gran bellaquería que ha hecho Lázaro Fonte en haber corrompido esta niña que era tan chiquita que la traían en brazos por no poder andar los indios. Y que era india que no sabe si era cristiana porque si lo fuera él lo supiera. Y este testigo, diciendo y afeándole al dicho Lázaro Fonte como era mal hecho echarse con niñas tan chiquitas le dijo, espera, veréis, y se quitó una caperuza montera que traía puesta y la tiró a la niña y le dio con ella y dijo pues no cae del golpe bien me puedo echar con ella. Y que ésta es la verdad y lo que sabe so cargo del juramento que hecho había…

La descripción no tiene desperdicio. Tanto Simón Díaz como Juan de Güemez y otros testigos coincidieron al decir que la niña tenía siete u ocho años. Pero, llama la atención que una chiquilla con esa edad no supiese andar y que la llevasen en brazos, como dijeron todos los testigos, si es que no tenía alguna enfermedad o minusvalía física. Simón Díaz no especificó quién o quiénes la llevaban en brazos, pero sí lo hizo otro testigo, Francisco Gómez de Trujillo, quién detalló que era un indio, probablemente obligado por el capitán español. Ahora bien, la india no andaba o no quería andar, pero sí hablaba. Hernán Gómez Castillejo, de 25 años, declaró que no estuvo presente en la violación pero sí cuando se le tomó declaración a la dicha niña. Desgraciadamente, en el proceso no se incluye este testimonio que hubiera sido clave para conocer el verdadero alcance del delito y la percepción que la desdichada cría tuvo de lo ocurrido.

Por otro lado, está claro que el delito no se limitó a abusos deshonestos sino que fue una violación tan brutal, cruel e inhumana que se agotan todos los adjetivos. La pobre muchacha gritó y lloró durante la noche y además manchó de sangre la cama. Otro de los testigos presentes, Juan Montañés, ratifica que la niña daba gritos y este testigo la oyó dar voces porque estuvo dentro de la casa donde el dicho Lázaro Fonte estaba.

Al menos tres españoles escucharon lo que estaba ocurriendo porque se encontraban dentro de la vivienda: Simón Díaz, Juan de Güemez y Juan Montañés. Pues, bien, ninguno de ellos hizo nada por evitar el sangrante delito que delante de sus propias narices se estaba perpetrando. Todo lo más que hicieron fue, una vez consumados los hechos, reprocharle la bellaquería que había cometido74. A juzgar por los hechos Fonte era algo más que todo eso, pero parece ser que no fue percibido así por sus compañeros, ni tan siquiera por las autoridades que juzgaron el caso. Pero, además, el gaditano, no mostró en ningún momento síntomas de arrepentimiento. Y solía decir a sus amigos que él tiraba su bonete o caperuza a una niña y, si no caía al suelo, era apta para acostarse con ella.

Pero no fue la única niña violada. Hubo varios testigos que presenciaron otra de sus aberraciones sexuales. En esta ocasión la víctima fue una niña algo mayor que la anterior. Nuevamente, Juan Montañés declaró que estuvo presente cuando ocurrieron los hechos en el pueblo indio de Turmequé:

En Turmequé que en aspó una niña de poca edad para se echar con ella y la ató a los palos del bohío las manos y los pies en unos palos y que este testigo estuvo presente a ello y que se salió de allí y oyó dar voces a la niña muchas como se echaba con ella el dicho Lázaro Fonte y la corrompía y que la niña era india y no era cristiana…

La declaración de Juan de Güemez nos aporta algunos datos adicionales, pues, aunque no estuvo presente, lo escuchó de otras personas:

Y que, asimismo, oyó decir este testigo como en aspó una niña para se echar con ella, de edad de doce o trece años, y que no era cristiana, (con) dos estacas de los pies y atadas las manos a los palos del bohío y que era virgen.

También el testigo Francisco Gómez de Trujillo, nos confirma que la india se encontraba en el pueblo de Turmequé y que allí, tras una entrada, la aspó y se echó con ella forzadamente. Otro de los deponentes, Hernán Vanegas, introduce una novedad en el suceso. Él afirma que, en los aposentos de Turmequé, violó primero a una de las muchachas pero que no fue la única. El propio Fonte, le contó presumiendo que habían sido tres las muchachas violadas. No obstante, debemos reconocer que fue el único declarante que sostuvo este extremo:

A las catorce preguntas dijo que lo que de esta pregunta sabe es que el vio tres muchachas y que oyó decir al dicho Lázaro Fonte que las había corrompido y que la una de ellas le dijo el dicho Lázaro Fonte que la había atado en una colcha de paja y que le mostró la toca donde la había atado y los palos donde había atado cuando se echaba con ellas porque no quería estar queda lo cual pasó en los aposentos de Turmequé y que las dichas muchachas no eran cristianas porque en aquel tiempo no las había en este reino.

Según los criterios de la época, esta última muchacha debía estar en el límite entre lo que se podría llamar una violación común y un caso más extremo de pederastia. También queda muy claro que Fonte premeditaba bien todos sus actos. No actuaba espontáneamente sino que previamente ataba a sus víctimas en aspa para evitar cualquier tipo de resistencia y además facilitar la violación. Ambas se resistieron, pero lo hicieron inútilmente de la única manera que pudieron, es decir, profiriendo grandes voces. Nuevamente en esta ocasión hubo testigos presenciales que nada hicieron por remediarlo. Juan Montañés afirma que se salió de allí y, por el tono, pudiera parece que abandonó el lugar molesto con el penoso espectáculo que el gaditano se disponía a protagonizar.

En estas acusaciones concretas de pederastia Fonte no adoptó ninguna estrategia concreta, probablemente porque no encontró argumentos en su descargo. Se limitó a negar reiteradamente los hechos durante los más de doce años que anduvo entre pleitos y apelaciones. Este era Fonte, tan fanfarrón con los amigos como cobarde ante los tribunales. Con sus colegas presumía de sus violaciones y gastaba bromas. Cuando en 1541 le entregaron la sentencia de Panamá se permitió romperla en pedazos. Pese a su prepotencia, otra cosa era reconocer todos estos hechos ante los oidores. Con respecto a la hija del cacique Bogotá decía que nunca tuvo el gusto de conocerla, y que ni tan siquiera sabía si el cacique Bogotá tenía o no hijas. En Tunja, el 5 de enero de 1544 volvió a insistir en la falsedad de las acusaciones, alegando que las indias que he tenido, así niñas como mujeres grandes, han sido de mi muy bien tratadas y miradas y haciéndolas enseñar y enseñándolas en las cosas de nuestra santa fe católica. Pura palabrería, porque la gran cantidad de testigos, los detalles aportados y la total coincidencia entre todos ellos, no dejan lugar a la duda sobre los hechos ocurridos. Así lo estimaron distintos jueces a lo largo de varios años.

Yo creo que Lázaro Fonte se corresponde perfectamente con el perfil de psicópata. Una persona que podía compaginar crueles matanzas o violaciones brutales y premeditadas de niñas con su condición de buen cristiano, buen esposo y buen padre. Una forma de actuar que podría ser muy similar a la de un pederasta del siglo XXI. Y es que, analizando la Historia, uno llega fácilmente a la conclusión de lo poco que ha evolucionado la humanidad a nivel moral y ético. Ha habido una revolución científica y tecnológica pero aún está por llegar una revolución moral.

¿Se hizo justicia?

En plena vorágine conquistadora, donde millones de nativos perecieron directa o indirectamente, uno siempre se plantea por qué se juzgó este caso. Hubo miles de asesinatos, miles de violaciones, así como decenas de casos de crueldad extrema y casi nadie fue juzgado y menos aún condenado. Además, los cargos que se le imputaron a Fonte, con ser importantes, no dejan de ser habituales en todo el proceso conquistador: el comercio fraudulento de esmeraldas, el asesinato, los escarmientos y las violaciones eran desgraciadamente moneda de cambio habitual.

Es cierto que la violación de niñas de siete u ocho años no debía ser tan frecuente, pero no lo es menos que tampoco fue el delito que más pesó en su procesamiento. Según Friederici la pederastia se consideraba en Castilla como un delito muy reprobable, más que el homicidio y equiparable a la herejía. Sin embargo, no estamos totalmente de acuerdo con él. Para empezar ni tan siquiera se recogía como tal en las Partidas, ni en otros corpus legales posteriores. Las niñas se incluían en el apartado de solteras, sin que aparentemente fuese un agravante su minoría de edad. Las condenas a muerte por estas perversiones fueron contadísimas. Si en España esto era así, muchísimo más en América, donde, por un lado, había un estado de excepción como era la Conquista, y por el otro, era relativamente frecuente que los propios caciques ofrecieran a sus jóvenes hijas a los extranjeros.
En cuanto a la matanza de Fusagasugá, se daba el agravante de que, pese a lo afirmado por el gaditano, habían estado siempre de paz. Esto sí era un problema porque la legislación protectora afectaba precisamente a los guatiaos. Sea como fuere, lo cierto es que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, condenó a Lázaro Fonte a la pena de muerte y a la pérdida de sus bienes. Ahora, bien, no lo hizo tanto para castigar sus atropellos, que se lo merecía, sino por enemistad personal. Al parecer, el teniente de gobernador llamaba al gaditano converso, mientras que éste decía que aquél era un judío. El capitán Hernán Vanegas oyó decir a Lázaro Fonte que le había de dar una cuchillada a Jiménez de Quesada. Una versión que ratificaron otros testigos.

Jiménez de Quesada pretendió darle un castigo tan desmedido como ilegal. Pensó en dejarlo atado en territorio de los Panches, que entonces eran temidos porque comían carne humana. Sin embargo, varios amigos lo convencieron para que no lo enviase a aquellas peligrosas tierras, sino a Pasca. Estando ya con cadenas en este poblado, tuvo noticias el teniente de gobernador que se acercaba una expedición de españoles. Por ello, mandó de inmediato a su hermano Hernán Pérez de Quesada que lo soltara, para evitar que se conociese semejante irregularidad.

Asimismo, permitió la apelación del caso porque era un derecho que no le podía negar. El gaditano dio poderes a Pedro de Puelles para que llevase el proceso ante la audiencia de Panamá, quien falló en segunda instancia, permutando la pena de muerte por la del destierro de la gobernación. Pese al fallo, tremendamente favorable, cuando Bartolomé Calvo, criado de Juan Muñoz de Collantes, se la entregó a Fonte, éste la rompió airadamente. Y ello, porque Fonte sostenía que era frecuente que los capitanes y gobernadores emitiesen condenas que después nunca se ejecutaban, al menos al pie de la letra. Encima tuvo la desfachatez de sostener durante años que la sentencia de Panamá jamás se le llegó a notificar. Y lo mismo que Gonzalo Jiménez lo acusó sencillamente por enemistad personal, el gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo lo absolvió, el 21 de abril de 1544, en medio de una flagrante prevaricación. Y es que fue público que lo indultó a cambio de la venta por un precio irrisorio de sus propiedades en Tenerife, valoradas en varios miles de ducados. A fin de cuentas el propio Lugo era canario y le venían muy bien esas posesiones para cuando decidiese regresar. Para que Fonte quedase totalmente satisfecho le concedió el cargo de alguacil mayor.

El asunto no le pudo salir peor al gaditano, pues, a finales de ese año de 1544, el gobernador regreso a España cargado de esmeraldas y oro. Lo cierto es que el promotor fiscal Antón de Luján, un español de moralidad intachable, y el nuevo gobernador, visitador y juez de residencia Miguel Díez de Armendáriz se empeñaron, para desdicha del arruinado Fonte, en proseguir el proceso. Tras salir de la cárcel, y para evitar males mayores, Fonte decidió finalmente abandonar Santa Marta y afincarse en San Francisco de Quito. Allí se desposó con doña Juana de Bonilla, hija del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla. Con ella tuvo tres hijos, el mayor de ellos llamado Juan Rafael Lázaro Fonte. Su suegro, como es normal, lo favoreció enormemente, nombrándolo corregidor de Quito y después contador de la Real hacienda.

En 1546 se enroló en la expedición que dirigió el presidente Pedro de La Gasca contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Éste prometió el perdón de los delitos a todos los que se sumasen a su campaña. Y el gaditano fue enviado como alférez general, al mando de 300 hombres para unirse a las fuerzas del presidente. Por el camino, se supo que no hacía falta su ayuda y que el presidente ordenaba su regreso. Su tropa retornó, pero él con unos pocos hombres prosiguió su viaje hasta la ciudad de Cuzco, recorriendo según él mismo afirmó, unas 700 leguas. Además, en San Francisco de Quito le encomendaron un cofre con despachos para La Gasca que le entregó puntualmente, atravesando grandes peligros.

Yo creo que Fonte terminó pagando sus culpas. Él mismo se lamentó de su mala suerte por tener que rendir cuentas por hechos –los rescates y los castigos– que otros muchos capitanes habían cometido sin incurrir en pena alguna. Estuvo de juicios al menos hasta 1555 en que el caso fue apelado al Consejo de Indias. Desde ese año no volvemos a tener noticias de su causa. Pero aunque se hubiese archivado en ese mismo instante, nada pudo quitar al gaditano esos 16 años de juicios. Obviamente, no estuvo preso todo ese tiempo, pero sí estuvo hostigado continuamente por la justicia, conociendo personalmente los calabozos de Santa Fe, Quito y Lima. Al menos lo encontramos encarcelado en 1539, 1543, 1544, 1547 y 1553.

Económicamente terminó arruinado. Gonzalo Jiménez le confiscó todo el oro y las esmeraldas que tenía en su poder, así como sus enjundiosas encomiendas. Y por si fuera poco, el corrupto gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo le vendió su libertad a cambio de sus propiedades en Tenerife. Pedro de Enciso declaró que estuvo presente en Bogotá cuando se hizo la fraudulenta transacción.

Cuando el 16 de agosto de 1553 Pedro de Mercado de Peñalosa dispuso que se encarcelase al gaditano y que se le confiscasen sus bienes en Quito, se supo que no tenía absolutamente nada. Interrogado su suegro el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, sus palabras fueron elocuentes:

Y el alguacil lo llevó preso con grillos a la cárcel y, luego, fue a la posada del dicho Fonte a secuestrar sus bienes, pero no halló ninguno. Rodrigo Núñez de Bonilla, su suegro, so cargo del cual, siendo preguntado por los bienes del dicho Lázaro Fonte dijo que no le conoce bienes ningunos porque lo que comía, bebía, vestía y calzaba él y su mujer e hijos él se lo daba y proveía y que ésta es la verdad.

Poco permaneció preso en la Ciudad de los Reyes porque unos amigos, Francisco Ruiz, Asensio de Cepeda y Rodrigo de Paz, vecinos de Quito, lo sacaron con el compromiso de que volvería a la cárcel cuando se le requiriese, so pena de 8.000 pesos de oro para la cámara real. Pese a estar en Quito bajo la protección del gobernador, el proceso continuó su curso y la justicia continuó molestándolo. Por ello, a principios de 1553 decidió nuevamente acogerse al perdón que se daba a los que sirviesen contra el alzamiento del cacereño Francisco Hernández Girón. Cuando este último derrotó al mariscal Alonso de Alvarado los oidores de la ciudad de los Reyes le encargaron una peligrosa misión. Debía recoger las armas de todos aquellos españoles que no se incorporasen a filas y reclutar asimismo el mayor número de indios posible. El despacho le fue entregado el 7 de junio de 1554 y fue con tal cometido en compañía de Francisco Benítez, Miguel López y Gregorio Genovés que cumplieron satisfactoriamente. Y en ello estuvo hasta la derrota y ajusticiamiento del extremeño el 7 de diciembre de 1554.

No obstante, para su sorpresa, a su regreso volvió a dar con sus huesos en la cárcel. Finalmente, en 1555 se le concedió su apelación al Consejo de Indias, quedando mientras tanto en libertad. Es la última noticia que tenemos del procesamiento de Lázaro Fonte. No nos consta documentalmente la sentencia definitiva del Consejo, pero parece claro que fue absolutoria. Probablemente, los miembros de este supremo órgano indiano estimaron que el acusado ya había pagado suficientemente por sus culpas. Pero no solo fue perdonado sino que se estimó que merecía compensaciones por el leal servicio prestado a la Corona durante tantos años.

Así, el 13 de noviembre de 1568 y el 19 de diciembre de ese mismo año se le recomendó al virrey del Perú para que le diese encomienda y oficio en gratificación por sus servicios. La Corona no especificó la cuantía de la merced aunque él solicitaba una encomienda que le rentase 4.000 pesos de oro anuales. Pero, ni 4.000 pesos ni nada porque pasaron los años y la recomendación no llegó a hacerse efectiva. En 1577, es decir, nueve años después, todavía seguía solicitando la citada merced. Nuevamente, el 22 de diciembre de 1577 obtuvo una Real Cédula por la que se ordenó a la audiencia de San Francisco de Quito que le otorgase una encomienda que rentase 400 pesos de 450 maravedís cada uno. Pero tampoco debió cumplirse, pues, nuevamente el 30 de septiembre de 1578 se lamentaba de no haber recibido su ansiada prebenda, reiterando la Corona su deseo de que se le diese. Tenía 70 años; en ese momento se pierde su rastro entre los vetustos papeles del Archivo de Indias.

No obstante, la familia Fonte se debió consolidar entre la élite quiteña, pues, el 20 de diciembre de 1606 Lázaro Fonte Ferreira, probablemente nieto del gaditano, compró una regiduría en el cabildo de Quito.'

En: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2648983

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