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Jueves, 21 de Mayo de 2009 19:35

El texto de este escrito fue sacado de el diario del señor B.K., un inmigrante alemán, que llego a Colombia antes de la segunda guerra muldial y fue, como muchos otros alemanes, confinado en el Hotel Sabaneta de Fusagasugá, este manuscrito fue inmortalizado por el Dr. Alfonso López Michelsen en el libro Los Elegidos. Un libro interesate y delicioso de leer.

El texto lo he sacado como reflexión ante la forma como veían antes la, hoy, ciudad de Fusagasugá y la visión que está dando actualmente. Este documento es antesala a otros que estan en preparación y a un comparativo "visual" entre la ciudad de ayer y la de hoy; sin más preámbulos, adentrémonos en parte de esta historia.

El ciclo familiar de las estaciones con el verano, la primavera el otoño y el invierno, en que muere y resucita la naturaleza no se conoce en esta parte de los Andes. Nunca llega la fecha en que el viento arrastra las hojas muertas por los caminos y los árboles levantan hacia el cielo sus brazos desnudos. Tampoco el reverdecer de las plantas alegra como un rayo de luz en las mañanas nebulosas el comienzo de la jornada, con el anuncio de tiempos mejores El grado de luz y de sombra es siempre el mismo, la duración de los días igual, con grados diferentes de sol y de lluvia, y nunca hubiera podido recordarse un suceso por la luminosidad de la hora en que el hecho ocurría, por el frío o el calor que experimentábamos los concurrentes, como puede hacerse tan frecuentemente en la zona templada. Mi compatriota Alejandro de Humboldt escribió hace mas de un siglo, que este clima es el de una perpetua primavera Yo diría tal vez que es el de un perpetuo otoño. Llueve casi todo el tiempo y las gentes parecen asombrarse de que llueva tanto diciéndole siempre al extranjero que nunca se había registrado un invierno semejante. Durante los meses de enero, febrero y marzo, los días de sol son mas frecuentes; se produce inevitablemente la sequía que aquí llaman, verano, el acueducto de la ciudad insuficiente para el abastecimiento urbano de los últimos años, comienza a establecer turnos, según los barrios, para que los habitantes almacenen el agua para sus necesidades y otra vez todo el mundo nos dice a los forasteros que nunca se había visto un verano tan prolongado Los caminos se llenan de un polvo fino que hace particularmente desagradable el transito y los campos adquieren un color ceniciento que conservan hasta las primeras lluvias.

Todos los años me tocaba oír la misma conversación sin que mis amigos se dieran cuenta hasta qué punto era un estribillo.

—¡Qué invierno tan largo!

—¡Qué verano tan increíble!

Era una conversación tan estereotipada como cierta frase gastada de agradecimiento convencional, con que en los pic-nics se les reciben los platos a las damas, con una cita del Quijote:

"Nunca se vio caballero de dama tan bien servido"

O como aquella otra con que los chismosos y mal hablados se revelaban de esta. acusación ante quien se las formulaba:

—Yo no hablo mal de la gente. No hago sino registrar imparcialmente los hechos, como un historiador.

¿Desde cuándo estarían en circulación estas frases de cliché?

Otras databan sin duda alguna de la época en que en el país se había popularizado la paradoja wildeana:

"Un caballero es el hombre que nunca ofende sino voluntariamente".

"Un caballero que se respete siempre debe estar endeudado con su sastre".

"Las deudas viejas no se pagan y las nuevas se dejan envejecer".

Saber emplearlas en el momento oportuno era probablemente más útil que conocer el idioma de los clásicos castellanos.

La ausencia de estaciones, característica de la zona ecuatorial, hubiera podido llegar a hacer infinitamente monótona mi vida,' como para tantos otros europeos, que privados de medios de locomoción se veían obligados a permanecer todo el tiempo en la ciudad. En cambio, gracias a mis amistades, que cada vez eran más numerosas, yo pasaba los fines de semana escogiendo a voluntad el clima de mi agrado, según descendiera más y más en el automóvil desde la altiplanicie hacia los valles aledaños. Aquellos viajes, con tres o cuatro compañeros del "Atlantic" tenían para mí un singular encanto. Todos bebíamos copiosamente durante el trayecto y reinaba un ambiente de franca camaradería en todo el tiempo que pasábamos juntos. Arriba en la meseta quedaba la ciudad con sus campos plácidos, delimitados geométricamente por canales y cercas de alambre, como un paisaje de Holanda, en que el clásico molino de viento hubiera sido sustituido por un abominable artefacto mecánico despojado de toda poesía. Pronto nos internábamos en la región propiamente tropical, y el escenario cambiaba totalmente con la vegetación exótica. Las orquídeas florecían sobre las cercas de piedra medio abandonadas, y a la sombra de los árboles gigantescos los heléchos se desarrottaban con profusión, estimulados por aquel ambiente enrarecido de humedad. Las plantas de café, sembradas sobre las vertientes de la cordillera, parecían diminutos cerezos cargados de frutos maduros, y el rumor de las quebradas precipitándose por entre las rocas, arrullaba incansablemente nuestro oído. Hasta el propio aroma de la naturaleza cambiaba al perderse de vista la meseta, y las aves de más fabuloso plumaje, que los europeos sólo hemos visto en los libros de estampas, alzaban el vuelo a nuestro paso. El calor penetraba a bocanadas entre el coche, y llegaba el momento de quitarnos la chaqueta y proseguir el viaje en camisa de sport. Nunca pude llegar a habituarme a esta práctica, sin experimentar un secreto remordimiento, como buen burgués del siglo XIX. Yo había nacido demasiado pronto para llevar a efecto sin escrúpulos esta informalidad en presencia de las damas.

Algunas veces nos deteníamos en las ventas situadas a la orilla del camino, a la salida de las poblaciones. Si ya estaba bien entrada la noche, ya sabía yo que bajo la luz vacilante de las lámparas, en la penumbra del ventorrillo, estarían dos o tres parejas de trabajadores ebrios, hablando de política o profiriendo blasfemias a voz en cuello. Extraño, como divisar en el horizonte el ave del paraíso', era para mí oír a estas gentes, de ordinario tan piadosas, que para darle evasión a su angustia humana o expresar su cólera, escogían como blanco de sus injurias a Cristo, a su Madre o al Sumo Pontífice, a quienes denigraban con los peores epítetos. En los países protestantes no se conoce esta práctica de la maldición y de la blasfemia como entre los católicos. He oído decir que los españoles son maestros en este género literario. Jamás en Suecia o en Alemania la cólera de las gentes humildes se estrella ciegamente contra Dios o contra las figuras del culto. Un Voltaire no pudo producirlo sino Francia, porque, entre nosotros, sus invectivas contra la Divinidad no hubieran sido de recibo, ni habrían encontrado eco. ¿Cuándo podría yo entender este mundo de misterios insondables, como la propia naturaleza que lo rodea?

Fusagasugá, Fu-sa-ga-su-gá... Este nombre indígena me era familiar antes de venir a América, por la dificultad con que aprendí a pronunciarlo en mi infancia. El tío Samuel le contaba en sus cartas a mi padre las maravillas de aquella región en que había adquirido una propiedad veraniega: "El Arbolito". Los niños escuchábamos deslumhrados aquellos relatos sobre las orquídeas que se daban silvestres y una tempestad tropical que duró seis horas, durante la cual mi tío pudo leer, sin necesidad de otra luz, una edición completta del "Times" de Londres, en tiempo de la guerra de Crimea; y para los chicos, no menos que aquella tormenta de tan rutilante violencia, nos sorprendía el nombre indígena imposible de pronunciar: ¡Fusagasugá! ¡Fusagasugá! ¡Quién hubiera podido adivinar que algún día éste sería el lugar de confinamiento de los compatriotas de mi tío!

En una vuelta del camino, bajo los cambutos enormes, poblados de flores color de sangre, aparecían súbitamente las tapias de la calle principal cubiertas de buganvillas y "bellísimas". Pronto llegábamos a la plaza en donde se celebra el mercado los domingos después de la misa y nos tocaba contemplar a las veraneantes de las lujosas casas vecinas, escogiendo los frutos tropicales en animada discusión con las vivanderas, que siempre acaban por rebajar unos pocos centavos.
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Fusagasugá, Fusagasugá, Fu-sa-ga-su-gá... ¡Fu-sa-ga-su-gá! ¡El nombre del paraje imposible de pronunciaren donde mi tío Samuel cultivaba orquídeas! Hace ya dos meses que estoy aquí, confinado como extranjero peligroso, junto con los alemanes e italianos de la fatídica lista negra norteamericana, en un antiguo hotel de veraneo que perteneció antes de la guerra a una familia de Ulm, que hoy está arruinada.

La vida que hacemos es infinitamente monótona. Llueve de continuo, y aun cuando la casa tiene un hermoso jardín tropical, por el cual se nos permite pasear, por todas partes se respira el ambiente de una prisión. Las gentes que pasan por la carretera miran por encima de las cercas de llores y nos señalan con el dedo, como si fuéramos reos convictos de un delito infamante. Los soldados que montan guardia en la puerta de entrada delatan nuestra condición de enemigos en guerra y una especie de curiosidad morbosa hace que desde fuera todos nuestros movimientos sean espiados como las actitudes de un animal feroz en cautiverio. Los transeúntes al divisarnos se dicen palabras al oído, que son probablemente comentarios sobre nuestro aspecto inofensivo o revelaciones sobre la condición económica y social de cada uno de nosotros. Nunca una palabra de compasión ni una duda sobre la justicia con que se ha procedido en cada caso individual asoma a sus labios. Somos los alemanes de la lista negra, los condenados, los reprobos, para los cuales no hay clemencia. ¿Sabrán acaso estas gentes campesinas en qué consiste la lista negra de que tanto se oye hablar desde que estamos aquí? El solo nombre tiene un eco de maldición y nadie se detiene a pensar que la mayor parte de los que están detenidos sólo están sindicados de haber hecho transacciones comerciales con el enemigo, de hacer lo que se consideraba legítimo hace dos años y lo que se seguirá considerando lícito mañana, después de la victoria aliada. Otros, como yo, no sabemos por qué estamos aquí y probablemente no lo sabremos nunca. Pero ¿qué ganaríamos con impacientamos? Entre mis compañeros de reclusión unos guardan el más absoluto silencio, otros —los fanáticos nazis— sienten la satisfacción del deber cumplido al pensar que están aquí por haber servido bien a la causa de su patria, los más alimentan alguna esperanza de ser rescatados de este lugar por un amigo o algún abogado influyente y no falta quienes tomen tan a la ligera su situación que de vez en cuando aprovechan para hacer bromas sobre la vida regalada en esta casa de recreo. Yo sufro con el sentimiento de ser objeto de una injusticia incalificable y mi vida sigue girando interminablemente alrededor del mismo porqué, tratando de explicarme qué origen pudo tener la imputación temeraria que acabó por privarme de la administración de mis bienes y hacerme perder la libertad.

Desde el día en que el decreto reglamentario de la ley de Villaseñor se dispuso, en virtud de las facultades extraordinarias de que dispone el Gobierno Nacional en tiempo de guerra, que los subditos del Eje que figuraran en la lista negra norteamericana debían ser llevados a un lugar de confinamiento, perdí toda esperanza y la más absoluta resignación se ha abierto camino en mi espíritu. Estoy en paz con la vida y sigo desde mi retiro la trama de los acontecimientos con la indiferencia de un espectador, ajeno por completo a los episodios que se desarrollan en el escenario y de los cuales sólo espera derivar un rato de esparcimiento.

Olga vendrá mañana, como todos los domingos, trayendo mi correspondencia y una que otra golosina del país, que tendré que comerme en su presencia para darle gusto, aun cuando mi paladar no pueda soportarla. Faltando unos minutos para las diez de la mañana me iré al barranco del jardín a contemplar los autobuses que bajan de la carretera cubiertos de una espesa capa de polvo, tras el penoso recorrido de cuatro horas desde la ciudad. En uno de ellos vendrá Olga trayendo los diarios, las cuentas de Fritz, alguna carta de Laynez o Beteta, escrita con toda cautela para no infundir ninguna sospecha a los guardias, y los pocos encargos de carácter personal que le hice el domingo pasado. Así ha sido desde el comienzo de mi reclusión. Hablaremos, caminando por el jardín, hasta las cinco cuando sube el autobús de regreso, y entonces nos separaremos con un beso casi paternal en la frente, ante las miradas atónitas de los pasajeros y de los guardias, que inútilmente pretenderán establecer cuáles son las relaciones que nos unen. Pasados los primeros meses de la pasión, casi que Olga no es ya mi amante ni mi amiga, puesto que bien pudiera serle infiel sin ningún escrúpulo. Es como una esposa, y el hombre es esencialmente monógamo en el sentido de que si lo pueden atraer varias mujeres a la vez, sólo con una se puede sentir unido conyugalmente, porque monogamia no quiere decir un sólo amor, sino un sólo vínculo. Olga ocupa en mi vida el lugar de Irene, abnegada y maternal, en ese mundo de la comprensión recíproca en donde ya no tienen cabida las pasiones. ¡Irene! ¿Dónde estará a esta hora? ¿Vivirá aún? ¡Cómo hubieran sido de diferentes estos años con su presencia!

La vida sigue su curso, pero yo la contemplo de lejos, sin participar en ella ni aplicarle mi sentido crítico, como si se tratara de las memorias de otro ser distinto escritas hace millones de años.

¿Qué importa, por ejemplo, la captura de Margulis? Por los diarios me he enterado de que este funcionario de la Sección de Compras de la Embajada norteamericana, ha sido reducido a prisión por su propio gobierno, después de habérsele comprobado plenamente con unas grabaciones en discos de acetato, que abusaba de su cargo para realizar negocios ilícitos en las compras de quina con los naturales del país. Se habla de que en los propios Estados Unidos existe una ola de indignación contra el grupo de jóvenes privilegiados que tan irresponsablemente desempeñan cargos en la diplomacia, como lo hacía Margulis. Los llaman los del "grupo de Bostón" ("la Cabrera" norteamericana) y por la descripción que traen los diarios no me sorprendería que Muir fuera uno de ellos. Son los jóvenes bien, que hablan varios idiomas, saben bailar a la perfección, organizan una fiesta cada noche y sus madres no quieren que vayan a las trincheras...

* * *

Mis negocios, bajo la administración de Fritz, son cada día más prósperos, aun cuando yo no puedo percibir los productos, porque estoy limitado a los $400.00 mensuales para mis gastos que fija la ley Villaseñor. Por medio de dos hábiles golpes de timón, sustituyendo oportunamente unos valores por otros entre los que integran mi capital, no sólo se ha aumentado mi renta sino que el propio principal en tan corto lapso como el que llevo de estar confinado en este lugar ha crecido como espuma. El balance que al fin de la semana, Lizt, el secretario privado de mi primo, le entrega a Olga sobre el movimiento de mis títulos de bolsa arroja cada sábado un saldo favorable que en otras circunstancias hubiera podido satisfacer mis más íntimas aspiraciones.

"Las cosas de los ricos", como diría Olga en su lenguaje pintoresco. El dinero trabaja por nosotros, se reproduce, crece, y cada día engendra más y más posibilidades de enriquecimiento. La inflación monetaria que está arruinando a los asalariados, porque cada mes aumenta el precio de los bienes de consumo, mientras que las alzas de los salarios son apenas nominales, nos enriquece a nosotros. Lo que compramos a crédito lo vendemos unos pocos meses después con un tal margen de utilidad que, con sólo disponer de una pequeña parte de la mercancía, podemos cancelar en el banco el préstamo original. Mi primo Fritz, miembro prominente de cuatro o cinco directivas de bancos y de industrias, sabe oportunamente lo que hay que comprar y lo que hay que vender y con el celo desapasionado de un hombre de ciencia aplica sus conocimientos al manejo de cualquier patrimonio que se le encomienda, asísea el mío.

"Las cosas de los ricos...". El jardinero que bajo el sol tropical desde al amanecer cuida los prados de la propiedad en que estamos recluidos, u Olga, que arregla las manos de los clientes del salón del "Prado" de sol a sol, jamás podrán sospechar cómo el dinero trabaja también de día y noche y una persona como yo se hace más rica, sin saberlo, encerrada en el cuarto de un hotel, leyendo novelas, exactamente como si tuviera diez Olgas o veinte jardineros con el encargo de entregarme al final de cada semana todo el fruto de su trabajo.

El autobús de las diez en que viene Olga me traerá el estado de mi cuenta que es como el informe sobre cómo trabajan y cuánto producen los esclavos invisibles de mi dinero.

* * *

Beteta, siempre tan cumplido, me escribe cada semana dándome nuevas esperanzas y pasándome cuentas por servicios profesionales que Fritz cancela puntualmente...

* * *

Laynez también me escribe con alguna frecuencia y figura con toda regularidad en los balances de Fritz, con sus comisiones de Bolsa fcn su correspondencia me da informes sobre la buena marcha de "La Central", en donde ocupa el puesto en la Junta Directiva para el cual salió elegido con mis votos.

Todos estos episodios los sigo con la más completa indiferencia...

* * *

Para los ricos de las lujosas residencias vecinas también los alemanes confinados somos, como ellos dicen, "un plan". Todas las tardes hacen un paseo hasta el lugar de nuestra reclusión para observarnos con sorna desde la carretera.

Manuel, los Pérez y otros amigos del "Atlantic" no dejarán de pasar a saludarme, si acaso vienen de paseo a Fusagasugá, para cumplir con una de las obras de misericordia: visitar a los perseguidos de la justicia. Olga tendrá que hacerse a un lado como si no me conociera. Será una visita rápida y discreta, hasta divertida, para cumplir con la obligación convencional de seguir siendo mis amigos, del mismo modo como se ayuda a los niños paralíticos organizando bailes de disfraz... Estaban llenos de proyectos la última vez que pasaron por aquí. El "Atlantic" iba a ser el club más grande de Sur América, como no hay ningún otro en el mundo, con pistas para aterrizaje de avionetas, sala de esgrima, "links" de golf, campos de tennis y de polo, cancha de bolo y de pelota vasca, carrousel para los niños, piscina cubierta y cine para los socios cuando llueva.

¡Días remotos de mi juventud en medio de los príncipes magyares! Todos tenían un palacio en Budapest, un castillo en el campo para treinta huéspedes, coto de caza, seis o diez troikas y una orquesta propia de veinte músicos gitanos siempre dispuestos a alegrarnos la vida!. "Seremos en cincuenta años como los Estados Unidos", como decía Pérez la primera noche que le conocí en "El Pinar"... La música optimista de sus palabras resuena todavía en mis oídos con el campanilleo familiar de los tiovivos de mi infancia, cuando prendido a la mano de mi nodriza veía yo desfilar, en las ferias populares, a los caballeros con sombrero de copa y a las damas elegantemente ataviadas, señores en ariscos potros de madera, erguidos como "Sultán", el caballo de Mercedes, y sus siluetas giraban interminablemente delante de mí en la bruma de un sueño irreal, al compás de una melodía embriagadora y monótona: pum-pa... pum-pa... pum-pa... pa... pa... pum-pa... pum... pa... pa... pum-pa... pa... pa...

(Aquí termina el manuscrito de B. K.)
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