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El siglo XIX y el inicio de la riqueza en la fiesta PDF Imprimir E-mail
Jueves, 24 de Abril de 2008 20:11

Los días de fiesta del siglo XIX se iniciaban a las cuatro de la mañana, ya que generalmente coincidía con un día de mercado; era por tanto necesario resolver la venta de productos en la mañana para después de medio día adentrarse en el desfogue de las emociones humanas. Durante esta centuría se sumaron a las fiestas de origen cristianos, las políticas, en donde se comenzó a conmemorar la independencia.

Lentamente comenzaban a brotar de entre el cerro Fusacatán los primeros rayos del sol, los cuales eran acompañados con los repiques de las campanas de la iglesia y este sonido se mezclaba con el de las chicharras y algunos toches, mientras se iba calentando el aire.  Adjunto a ello aparecían los colores de los vestidos de quienes habían poblado en tampoco tiempo la plaza, los cuales no eran muy engalanados y que consistían para los hombres en calzoncillos (pantalones cortos) de lienzo, los cuales fueron algún día blancos pero la intemperie y el trabajo les dio una tonalidad amarillenta, además de este color existía negro y azul ; la camisa parecía haber sufrido el mismo cambio de apariencia que los pantalones de la mayoría de aquellos sujetos, siendo el blanco quien reinaba en dicha prenda (aunque las coloraciones claras también se hacían presentes), la cual era suelta y generalmente enrollada hasta un poco más abajo del codo.  Pero esta vestimenta debía ser adornada por la ruana y el sombrero, la primera variaba entre el azul, negro, blanco y ocre, los cuales se diferenciaban por las formas de las líneas que la adornaban, como un recuerdo vivo del interés indígena por las líneas, espirales y rombos; en cuanto al sombrero, las opciones eran pocas, puesto que en su mayoría provenían de Santander y se les llaman de jipijapa, los cuales se limitan a un color crema, que con el paso de los días y el sudor se oscurecía.

Pero todavía nos hace falta la vestimenta femenina, con la que coqueteaban y seducían enamorando a los hombres, o cuando menos provocando el renacimiento de los sentidos más naturales.  Las fusagasugueñas y las visitantes de la región difícilmente se podían distinguir ya que su apariencia era bastante similar, solamente sus rostros mestizos les daban una identidad.  El vestido empezaba (de los pies a la cabeza) con una falda que llegaba hasta los tobillos y que en su mayoría era de color azul oscuro o negro, donde su simpleza aparecía de forma peculiar, siendo su tela algo más delgada que el pantalón de los hombres; en tanto, el torso era cubierto por una blusa blanca de las mismas características de la falda en cuanto a la tejido se refiere, que no tiene nada más que su anchura y un cierto escote sugiriendo lo más profundo de las entrañas humanas ; dicha prenda era cubierta por una ruana (chal) delgada y del mismo color de la camisa ; mientras que, la cabeza se cubría por un sombrero que poseía el mismo origen del masculino pero que se diferencia por su copa más alta y su alas puestas con mayor detenimiento hacía abajo, en algunos casos, que eran muy pocos, se llevaba una mantilla, la cual consistía en no más de un trozo de tela oscuro que se colocaba entre el sombrero y la cabeza.

Nótese que en la anterior descripción no se enuncia el uso de alpargatas, lo cual se debe a que este artículo no era general y en cambio el andar descalzo parecía más habitual, en razón a ello todas estas gentes daban gracias por un día como éste donde el amanecer dejaba entrever que no llovería, puesto que las calles entorno a la plaza no estaban empedradas y los días de lluvia se convertían en lodazales difíciles para transitar con tantas bestias y personas enterradas en aquellas vías.  Pero en esta fecha no fue el caso, y pronto el polvo hizo los estragos en las vías respiratorias de nuestros paisanos.

En tanto, un gran número de fusagasugueños que vivían en la parte urbana y en zonas cercanas a ella empezaban a llegar con mucho afán, ya que las campanas de la iglesia aceleraron su repique, anunciando que estaba por empezar la santa misa.  Pero a la par, estos sujetos (de todas las clases sociales) traían consigo algunas bolsas y canastos para mercar luego de purificarse en la única iglesia del pueblo. (Esto es una verdadera torre de babel, donde la fe se convierte en el leguaje unificador). Este último sería el lugar donde se dio inicio la celebración espiritual, puesto que el cura se sentaba con la imagen del niño Dios en sus rodillas esperando que los cristianos lo besaran en signo de su alegría por el nacimiento.

Esta celebración no hubiera sido la misma sin música, ella le impregna la alegría.  Mientras que era ofrecido el  tributo espiritual al hijo de Dios sonaban de forma estrepitosa algunos tambores y cohetes, ellos le acaban de anunciar a los perezosos, que eran pocos, un nuevo día de fiesta, de los escasos donde los fusagasugueños podían desfogar todas sus emociones acumuladas durante largas jornadas de trabajo o, sencillamente, la rutina que es propia de un conglomerado urbano.  Lentamente todos los habitantes de esta pequeña ciudad habían cumplido con su deber cristiano y esto le insinuaba al cura que era hora de empezar la eucaristía, por lo tanto organizó rápidamente una procesión hasta dentro de la iglesia; lugar donde se recibía toda esta gente por un pequeño coro, algo desafinado, apoyado por una orquesta, si es que se podía llamar orquesta a este grupo compuesto por un violín, dos clarinetes y una pandereta, los cuales habían animado la noche anterior un baile (o una fiesta) celebrado en la casa de uno de los personajes más importantes de la región: el ingles Joseph Blagsbor.

Aquella fiesta solamente agotó a sus participantes por el trasnocho, pero de resto su realización cansaba por el aburrimiento de aquellas clases sociales sujetas ciertas normas de comportamiento; sin duda, mucho de los asistentes hubieran deseado asistir a la celebración realizada en la plaza donde la música, el baile y la chicha dieron un marco sin igual.  Esto no quiere decir que estas actividades no hayan existido, aun cuando la chicha era remplazada por algún vino y uno que otro aguardiente.  Además, aquella reunión social tenía una gran participación, no en vano todos los invitados ocupaban un amplio salón, aunque no sobra aclarar que mayoritariamente las sillas que estaban en su entorno eran ocupadas por niños y mujeres, muchas de las cuales iban solas ante la buena reputación de las fusagasugueñas.  Pero esta fiesta era insípida, le hacía falta la alegría popular, ya que al sonar la “orquesta” algunos invitados se levantaban y bailaban como por cumplir un deber social, a lo que se sumaba que no sabían adecuadamente los pasos de aquellos ritmos.

No es posible mentir si se dice que lo mejor de aquella fiesta era su comida, la cual estaba compuesta por carne asada, pavo, tortas sazonadas con ajo y otros platos condimentados con limón y ají, demostrando la ventaja que poseía la ciudad al estar ubicada en un cruce de camino, no en vano aprovechaba lo que llegaba a ella o cuando menos de la actividad practicada por la mayoría de los participantes de la fiesta: comerciantes.  Pero estos alimentos eran servidos por un tipo desgarbado y con no muy buenos modales, el cual hacía pasar primero a las mujeres, como su único signo de cortesía, y luego bruscamente le servía a los hombres mientras llenaba su propio plato; en tanto, cada uno de los invitados tomaban sus bebidas en copas de cristal dejadas en una mesa que estaba junto a la que soportaba la comida, las cuales se ubicaron en el extremo contrario al de los músicos.

Pero continuemos con lo que ocurría el día de Navidad.  Luego de una extensa misa, por más de dos horas y con la iglesia a reventar, la gente se dirigió en su gran mayoría al mercado que ya estaba puesto en la plaza.  Al estar allí tomaban la opción de ir escogiendo los productos o de digerir un chocolate con arepa en la parte oriental de aquel receptáculo, lugar predilecto para la ubicación de unas señoras con sobrepeso que vendian alimentos preparados, los cuales se concentraba principalmente en productos que tenían su origen en ganado vacuno o porcino.  Para quienes habían tomado la primera opción su labor se demoraba entre una y dos horas dependiendo del regateo, acto común entre los pobladores de esta región y que no tenía distinción de clase, puesto que no había actividad más democrática en Fusagasugá que ir a mercar; aun cuando a muchos de los integrantes de las clases sociales más favorecidas les parecía repúgnate esta labor, no sólo por sentir los cuerpos de personas mal vestidas junto al suyo, sino por sus olores y las condiciones de desaseo en que prontamente estaba la plaza por los residuos de productos, visitantes y las heces de animales.

Este activo intercambio comercial solamente fue detenido por el paso de una procesión que le daba la vuelta a la plaza, ya que se debía guardar un completo respeto y por lo tanto era obligación quitarse el sombrero y demostrar gestos faciales de sumisión ante la figura de uno de los tantos santos que existen, poniendo aquel elemento vestuario junto al pecho y agachando la cabeza como signo de fervor natural de quienes fueron algún día dominados por la corona española.  A pesar de que esta ciudad tenía en su gran mayoría una población que profesaba el liberalismo, el cual había sido fundado como partido hace poco, no eran ateos, su religiosidad estaba puesta a flor de piel.

Las horas avanzaron ágilmente para los fusagasugueños y vecinos de poblaciones cercanas que venían a comprar su mercado en esta ciudad; mientras tanto algunos comerciantes se preparaban para la continuación de este día de fiesta, bien sea abriendo sus chicherías y el billar, trayendo algunos juegos o terminando de conseguir las tablas para encerrar la plaza ya que se realizaría una corrida de toros.  Cerca de mediodía el mercado había finalizado, siendo prácticamente un éxito ya que casi todo se vendió y los pobladores locales y foráneos se habían proveído de alimentos para ocho días, lo sobrante se guardaba en algunos locales que tenían las casas de la calle real.

El cura, luego de su almuerzo, salió al atrio, como quien se cree el patrón de Fusagasugá, lo cual se debía a que el baile se había iniciado rápidamente entorno a la plaza y el sacerdote actuaba como regente del orden social (además pretendía controlar la hora, ya que era de las pocas personas poseedoras de tan valioso objeto: el reloj), aunque no sobra aclarar que luego de algunas horas y bastantes totumadas de chicha y guarapo el control se hizo débil, propicio para relaciones amorosas que desbordaban todo el recato de horas atrás.  Pero no todos las personas que venían a esta fiesta se iban a bailar, algunos de ellos tomaban la opción de irse a jugar billar o solucionar la sed, que producía este día tan caluroso, en las chicherías. 

Además, se practicaban algunos juegos de azar prohibidos en Bogotá y entre los que se contaban la lotería, el cual consistía en que cada uno de los participantes (generalmente cinco) tenía un tablero con 16 dibujos en su interior, estas mismas figuras estaban en fichas sueltas ubicadas dentro de una bolsa y que se iban sacando y nombrando en voz alta a la vez que los participantes tapaban la figura (de estarlo) en su cartón con granos de maíz y cuando formaban línea recta de cuatro figuras gritaban “lotería”. 

La diversión todavía tenía mucho por delante, y muestra de ello es la realización de un juego denominado vara de premio, donde se enterraba un largo tronco que había sido antes encebado y donde los participantes pretendían escalar para alcanzar la punta que poseía una recompensa a tan “grasoso” pasatiempo. Pero ello solamente se hacía mientras el torero, traído de Bogotá, llegaba a la plaza, la cual había sido encerrada rápidamente con palos.  A este espectáculo concurría muchos bogotanos porque al parecer en la capital era prohibido en razón a la cantidad de muertos y heridos que producía. 

Esta actividad era singular, no sólo porque era en Navidad el único día del año cuando se realizaba, sino que el toro perdía rápidamente su braveza y el torero se acobardaba de igual forma, por lo tanto los fusagasugueños, que ya se habían tomado algunas totumadas de chicha, suficientes como para arriesgar la vida, entraban al ruedo a molestar a un triste semoviente y algunos de ellos llegaban al punto de montarlo.  Esto ultimo es lo verdaderamente atractivo, puesto que a ello el toro sí responde saltando en favor de desalojar de su lomo a quien lo monta y las caídas producen el efecto deseado: risas y comentarios burlescos, como si se odiara al participante.

Pero el cansancio del toro cerraba este espectáculo, más no la fiesta, la cual continuaba al caer la noche, con la iluminación de todo el entorno de la plaza con faroles de petróleo y velas de cebo, que por cierto, producían un olor desagradable, no distinto a lo que sucedía en la mañana, durante el mercado.  Además, se continuaba con la toma de chicha y guarapo, los juegos de azar y el baile al sonido de algunos tambores.  Pocas veces en el año se podían ver las estrellas desde la calle, ya que la ausencia de luz artificial había provocado que los ritmos urbanos (y rurales) estuvieran dirigidos por la presencia del sol; era reconocer una ciudad desde una óptica distinta, que solamente era explorada por alguno que otro ladrón y las parejas que se juraban amor eterno en medio de lo ilícito.  Pero estos personajes debían andar por entre las oscuras calles sorteando no sólo los perros o la presencia de algún individuo que los conozca, sino los despojos humanos (heces) que eran arrojados a la calle en medio de la complicidad de la noche y aunque era un habito arraigado a los seres humanos nos produce vergüenza deshacernos de la escoria de nuestros cuerpos, pretendiendo ser limpios de la inmundicia propia de los seres vivos.

Acababa de pasar la medianoche cuando muchos de los felices ciudadanos comenzaban a tambalearse y algunos terminaban cayendo; era el efecto de la chicha y del guarapo hábil endulzante de las penas humanas y actor fundamental en esta comedia citadina.  Los fusagasugueños que quedaban colaboraban en la montura de los borrachos a sus bestias, las cuales parecían tener un potente radar que les permitía llevar por el camino adecuado a los desvanecidos fiesteros, que difícilmente se bajaban del animal al llegar a su rancho, dando fin en el catre, estera o escaño a un activo día. A la mañana siguiente las quejas del fuerte dolor de cabeza causado por el exceso de chicha era mezclado con las anécdotas, narradas siempre desde la óptica de un olvidadizo relator.

Pero pronto vendría una nueva celebración, que no fue menos importante que la anterior, se trató del año nuevo, donde al calor de las totumas se recordaron las picardías de la fiesta anterior, y todos rieron, y todos bailaron.

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