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Sutagaos, principio y fin de un pueblo PDF Imprimir E-mail
Viernes, 28 de Marzo de 2008 07:00

Se corrieron las aguas del gran lago y el Valle de los Sutagaos emergió como por encanto. El holoceno develó su epidermis glauca, delicada, y fueron entonces el Chocho, el Guja y el Sumapaz en donde las náyades nativas hallaron sempiterno refugio. Surgió, entonces, el Fusacatán altivo, Usatama y Chinauta y aparecieron en lontananza los senos telúricos de la Quininí, sicaliptica deidad mitológica... seductora.

Sí! Quinini es la doncella que el Fusacatán pretende con ansia loca. Coqueta se esconde detrás del monte y en las tardes cuando el sol declina, vierte en destellos centellantes, bermejos, toda la pasión de su lujuria ardiente.

Fusagasugá fue agua y fuego también; Sutagaos hijos del sol, de nínfas acuáticas y ondinas silvestres; libres como el viento, plácidos cual vergel...

¿Quién si no la Mitología Muisca, guarda la verdad íntima del origen de la tercera más avanzada civilización continental amerindia? El Sutagao era sangre, era raza, era temple y carácter ancestral! Estaba hecho de arcilla primitiva cocida por los rayos eternos de su padre-dios y moldeado por las manos amorosas de Bachué, progenitora del imperio milenario. Dentro del reino al que perteneció poseía talante singular pero por sobre todo idolatraba la libertad porque nació sin compromisos ni ataduras; soberano. Achocolatada su piel, cabello lacio caldo con desgaire sobre sus hombros anchos y bien marcados; rasgados los ojos, pequeños, profundos y negros, vivarachos e impacientes; nariz chata, pómulos sobresalientes, cuerpo ágil, complexo de no mayor estatura, torso desnudo, guayuco y taparrabo.

Aprendió de Bochíca a respetar la naturaleza, labrador, cazador; trabajó con espíritu emprendedor el oficio encomendado por el profeta: los colmenares no sólo fueron su obsesión sino guía política, social, laboral y económica.

El Zipazgo tuvo celos de la tribu Sutagao y arremetió contra ella repetitivamente tanto como lo hiciera contra los Zaques y Guatavitas. Saguanmachica, Tisquesuza, Nemequene codiciaron el Valle que si lo invadieron, jamás les perteneció. Amaban la paz... y la luz nacarada de los amaneceres!

Pero una tarde, cuando los arreboles teñían de rojo carmesí el horizonte garzo del firmamento y los venados, reverenciaban el ocaso sideral, aparecieron por Gúchipas (Sóchipas era el topónimo) los apocalípticos hombres blancos y ese fue el comienzo del fin.

El Fusungá - léase Fusagasugá- comprendió con inocultable tristeza que a partir de ese momento todo estaba perdido para su pueblo: la libertad, su dios, la sangre, su raza. Hasta ese día de aquel mes de mayo de 1537 legarla su tribu intacta, pura y transparente como los manantiales impolutos que brotaban del Fusacatán para refrescar el manto verde del Valle que desde ese atardecer se marchitó bajo la arrogancia del borceguí invasor.

¿ Qué hacer ante semejante castigo? Desaparecer con dignidad. Volver al barro primigenio. Regresar, regresar.......

El pueblo Sutagao prefirió el holocausto, la muerte, antes que vivir esclavo. Su albedrío era congénito, heredad sagrada, patrimonio irreductible.... su razón de ser.

Sutagao: Vuestro silencio es voz y grito de esperanza que retumbará por siglos en el valle!.

 

El Regreso
El Sutagao regresa
con el mundo en la cabeza.
De naturaleza libre,
no teme al cóndor ni al tigre.

Por la extinguida montaña
va desnudo el Sutagao;
lleva enigmas en la entraña
y a Jesús crucificado.

Luego extiende la mirada
hasta el azul farallón,
y en las aguas de la aurora
despunta su corazón.

Pedro Medina Avendaño

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