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Martes, 15 de Enero de 2008 18:34

Bogotá, 15 de agosto de 1868

El 21 de julio abandonamos a Bogotá nuevamente. Esta vez nuestra intención era visitar el famoso puente natural llamado el “Puente de Pandi”. Pero para no tener que hacer a la ida y a la vuelta el mismo camino, decidimos tomar de ida el camino por Usme (2.780 m) y Pasca (2.145 m) hacia Fusagasugá (1.718 m), un camino que en el mapa parece menos largo que la vía directa por la que se llega en un día a esa población. Nuestra caravana consistía, como en la expedición al Tequendama, en nosotros dos, dos peones (arrieros), uno de los cuales estaba encargado del barómetro y el otro del equipaje, y una mula con nuestras camas y otros utensilios. A las ocho de la mañana salimos de la casa, rumbo al sur, por la sabana de Bogotá. Después de unas dos horas de cabalgar, desembocamos en un valle procedente de las montañas del oriente y proseguimos por éste hacia adelante. Al mediodía llegamos Usme, villorrio miserable que está significativamente más alto que Bogotá. Allí nos enteramos de que para ir a Pasca teníamos que atravesar otro páramo; es decir, una altiplanicie casi desprovista de vegetación, de más de 10.000 pies de altura.

Hasta cerca de las seis de la tarde subimos lentamente a la altura del valle. La vegetación decrecía cada vez más, y los campos desaparecieron casi por completo. Finalmente, cuando entraba la oscuridad, llegamos a una casa solitaria, la hacienda El Hato (3.121 m). Pero aquí no hallamos un amistoso recibimiento. Con esfuerzos logramos encontrar un techo que nos resguardara de las lluvias torrenciales y alimentos para los hombres y los animales. La lluvia duró toda la noche, de tal manera que al día siguiente el camino se había convertido en un completo lodazal. Tuvimos que tomar un guía de aquí, pues el páramo carece de caminos. Con esfuerzos y lentamente, ascendían las mulas por el suelo embarrado en las pendientes del valle hacia las lomas de la montaña. No había ya árboles ni arbustos, y apareció una planta muy particular, el llamado “frailejón”, cuyas hojas grandes y lanciformes, espesamente pobladas de barbas blancas, sobre el tronco negro, frecuentemente de la altura de un hombre, ofrecen un espectáculo especial, sobre todo cuando sobre las extensas planicies no hay durante horas enteras otra vegetación que ver. Ahora el camino conducía hacía las altas lomas, a través de bajas depresiones. El suelo es completamente pantanoso; todas las montañas están peladas; no obstante, no se ve ningún tramo rocoso, pues todo está cubierto de gruesas capas cenagosas. Estos páramos son muy temidos por los habitantes. Las partes más altas, formadas por montañas, están sometidas a fuertes vientos, se hallan casi continuamente envueltas en nubes y por lo general reina en ellas un riguroso frío. Éste fue el primer páramo que cruzamos, y desde el principio conocimos sus horrores. Desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde estuvimos a una altura de 3.722 metros, envueltos permanentemente en nubes, bañados casi sin interrupciones por lluvias tormentosas. Allí soplaba un viento helado; los dedos se congelaban de tal forma, que apenas podíamos abrir las manos; las mulas tiritaban de frío y, pese a las mantas de caucho, la humedad penetraba por todas partes.

Sin ver mucho de las dos lagunas que se hallan situadas en esta altura, hacia la una de la tarde llegamos al extremo superior del valle, que bajando conduce hacia Pasca. A pesar de que espesas nubes cubrían los precipicios, pudimos convencemos rápidamente de que teníamos ante nosotros un precipicio espantosamente escarpado. Por cierto que la afirmación del guía de que caminar hacia abajo era impensable, nos había preparado para los malos caminos, pero no habíamos esperado una pared pedregosa tan espeluz nante. En un tiempo increíblemente corto, por esos caminos se llega de la pelada región paramosa a bosques maravillosos, llenos de plantas tropicales y lianas y vegetación palmiforme. La exuberancia de esta vegetación del valle sorprende cada vez de nuevo; nunca se hastían los ojos de estas riquezas de hermosas formas y agrupadas con tanta belleza. Si habíamos sufrido arriba en el páramo, a cinco grados, por la humedad, aquí tuvimos que aprender que ello era sólo un anticipo de los torrenciales aguaceros tropicales. El agua se precipitaba en densas masas. El suelo del estrecho y por lo general bastante profundo camino servía de lecho a un arroyo torrencial, a través del cual tuvimos que buscar con dificultades nuestro camino por las piedras enfangadas. Finalmente la explanada del valle se tomaba menos empinada, y entonces confiábamos en subir sobre nuestros animales y así poder alcanzar más rápidamente un lugar para dormir, pues el guía dijo que la parte propiamente mala del camino empezaba y sólo con esfuerzos saldríamos antes de la noche de la región boscosa.

Y realmente tuvimos muy pronto la oportunidad de convencemos de que entrada la oscuridad era impensable proseguir adelante. En la parte plana y baja del estrecho valle, sombreado por un selva espesa, se acumulan todas las aguas; el piso, una masa arcillosa grasa, se había inundado fuertemente y formaba un pantano viscoso y sin fondo. A cada paso resbalaban hombres y animales. Para posibilitar de alguna manera el paso de los animales, fueron conducidos sobre estrechas zanjas paralelas al camino, en las cuales la mula tiene que poner primero el pie delantero y después el pie trasero. Estas zanjas, al principio muy planas, cada vez se desbordaban más, hasta que poco a poco alcanzaron una profundidad tal que a cada paso la mula empujaba la barriga contra las costillas allí interpuestas. Las zanjas y huecos están rellenos de agua y barro, y frecuentemente es el camino un charco ancho, pues el sendero, originalmente angosto, se ensancha, progresivamente, convirtiéndose en un amplio camino, por lo que todos buscan serpentear por el bosque, al margen de las masas pantanosas. En los lugares muy fangosos, es decir, en los que algunas mulas ya se han hundido, hay pasos construidos con troncos del grosor de un brazo y de cerca de cuatro pies de largos, sobre los cuales caminan las mulas con paso inseguro. Pero también estos pasos de madera se cubren poco a poco de barro, la madera se pudre y cada paso puede conducir al barrizal sin fondo. Después que habíamos superado un buen trecho del camino por entre estas masas fangosas, decidí montar en mi mula, pues caminar con el impermeable grande, con los zamarros de muchas libras de peso y con espuelas dotadas de estrellas de una pulgada de largo, es sumamente penoso, especialmente por esta región. Cabalgar por estos caminos ofrece también sus incomodidades; es más un continuo caerse en los profundos barrizales, y apenas se logra entender cómo una mula puede abrirse camino por entre este barro.

Emporcados de barro hasta la cabeza, llegamos finalmente a Pasca, entrada la noche. Es una pequeña y agradable población, más o menos 1.500 pies más baja que Bogotá, situada en un hermoso valle (2.145 m), que está ubicado al pie de la confluencia de dos torrentes tumultuosos.

Como era costumbre, habíamos escogido la peor época del año para visitar el páramo, pues en las altas regiones ahora tenemos invierno (es decir, estación lluviosa), mientras la sabana de Bogotá y los valles más bajos gozan del llamado verano. Para un extranjero es completamente imposible elegir la estación apropiada para un viaje, pues con frecuencia a pocas horas de camino se encuentra verano e invierno en una u otra región.

El 23 de junio cabalgamos valle abajo hasta su desembocadura en el amplio y gran valle de Fusagasugá (1.718 m). Esta población es la Baden-Baden de Nueva Granada. Faltan aquí los baños termales y las salas de juego, lo que no quita que los bogotanos tengan predilección por esta pequeña ciudad como "veraneadero". Durante los meses de junio, julio y agosto domina en la misma Bogotá un tiempo característico. Fuertes vientos conducen permanentemente espesas nubes desde las llanuras del Orinoco a las montañas, y una fina lluvia cae casi permanentemente sobre la altiplanicie. Hay frío, y la humedad penetrante produce un sentimiento de tristeza y malestar. Quien puede busca huir de este tiempo y, como los valles profundos y templados están libres de las molestias de las lluvias, las mejores familias se desplazan hastaallí "para temperar", como aquí se dice. Y, ciertamente, merece Fusagasugá esa predilección, pues sin ser caliente, ofrece un clima en el que crecen bananos y palmas; también su ubicación es extraordinaria. Un amplio valle rodeado de bellas montañas de miles de pies de altura desciende de nordeste a sureste. El piso, relleno de sedimentos rocosos, forma una meseta alargada, en la que el lecho de muchos torrentes es recortado hasta 300 y 400 pies de profundidad. Bellos prados, campos de caña de azúcar y maíz rodean la localidad, hasta cuyas casas alcanzan los bosques de los montes. En las pendientes del valle, en su llanura y en los precipicios se encuentran desperdigadas las casas campesinas entre los naranjales.

El mismo día cabalgamos por la pendiente oriental del valle, por entre valles laterales y sobre sus altas lomas, hasta la localidad de Pandi, cuyo emplazamiento (941 m) alcanzamos a las nueve de la mañana.

No pudimos dormir tranquilamente, pues hasta muy tarde de la noche sonaban las guitarras Y los tiples (una especie de viola), y hacia las tres de la mañana nos despertó un torbellino de tambores, pitos y un enloquecedor repique de campanas, acompañado del grito estridente y repetido de: "¡Hi San Juan!". Era el día de san Juan Bautista, la fiesta más popular en todo el país. Con el grito "San Juan" se saluda, y el saludado lo da a su vez como respuesta. En la noche de la fiesta corre el agua sagrada, y jóvenes y viejos, muchachos y muchachas, van con luces y lámparas hacia el arroyo más cercano, para gozar, en compañía, de un baño orgiástico. Antes del amanecer todos regresan, y entonces ahora se va a caballo. Quien tenga una silla y una mula no puede quedarse en casa. Todos los hombres jóvenes del pueblo y muchas muchachas se reúnen en la plaza, que no falta ni en el pueblo más pequeño, se persiguen corriendo por las calles, regresan a la tienda para tomar un trago, y se persiguen de nuevo a través de las calles y sigue el juego... hasta que la oscuridad da término a la diversión.

 !Pobre del gallo que ese día se asome por las calles! Pasando como un rayo a galope, el jinete se agacha hasta el suelo, agarra al desdichado animal, lo blande en triunfo sobre la cabeza, y aceptado (el reto) por toda la multitud de jinetes, empieza en el acto una salvaje cacería, cuyo fin y objetivo es arrebatar el gallo de las manos del afortunado. Es un espectáculo peculiar, lleno de colorido, ver cazando, de aquí para allá, a las figuras semisalvajes, con sus roanas al vuelo, sobre caballos excitados y entre fuertes gritos. Adquieren especialmente las jóvenes muy buen aspecto con sus amplios vestidos, el cabello suelto y colorada la cara de entusiasmo. Este juego del gallo, como lo vimos en Pandi, es un remanente de viejas costumbres, pues en realidad -y esto sucede en muchas otras localidades- una muchacha con los ojos vendados tiene que tomar de la cabeza un gallo enterrado hasta el cuello, en recuerdo de la decapitación de san Juan. La fiesta no tiene, de ninguna manera, un carácter religioso. La iglesia permanece cerrada, por lo que se baila y se toma toda la noche y al día siguiente se celebra el "San Pedro" de la misma manera.

Gozamos allí de la amable hospitalidad de una "calentana" (mujer habitante de tierra caliente). Con placer observábamos el apacible cumplimiento de las labores domésticas de la mujer de 30 años, que cuidaba de una horda de dulces niños, el orden de la casa, una taberna y de nosotros, sus huéspedes, mientras su marido, recostado todo el día en la hamaca, se dedicaba a no hacer nada. ¡Qué contraste el que producen estas personas frente a los sucios habitantes de las altas montañas! Aquí, en los climas calientes, es la limpieza una necesidad indispensable; allá, en la tierra fría, entran en contacto con el agua sólo cuando llueve, pues ni interior ni exteriormente quieren usar ese elemento, que según el decir de los curas, requiere primero la bendición eclesiástica. Las telas de lana, oscuras y pesadas, de las tierras altas están llenas de suciedad en hombres y mujeres; una camisa blanca es una rareza; hollín, grasa y restos de comida han oscurecido hace tiempos este color. En las tierras calientes domina la ropa blanca resplandeciente;los hombres, en pantalones de lino y camisas blancas; las mujeres y las jovencitas en camisas muy escotadas, blancas como la nieve y adornadas con cordones negros, largas faldas con muchos pliegues y cabellos espléndidamente peinados. El cielo oscuro y el frió hacen al hombre hosco; el sol y el calor, alegre y lleno de vida; y casi parece que un determinado grado de calor es necesario para producir esa gracia tan maravillosa en movimientos y formas de hablar -para nosotros, los nórdicos, inimitable-, que es propia de casi todos los países de tierras calientes.

De Pandi salimos cabalgando lentamente hacia el sur, a través de dos hermosos valles, hasta llegar, después de tres cuartos de hora, al valle de "Suma Paz", cercado de escarpadas paredes rocosas. Suma paz se llama propiamente el más alto pico, casi siempre cubierto de nieve, de la cordillera Oriental. El río que se precipita con una violenta corriente desde esa altura, lleva por él el nombre de "río Suma paz". En la parte alta de su curso, corre el río por un valle amplio, que se angosta hacia abajo poco a poco hasta formar, a la entrada del valle principal de Fusagasugá, sólo un estrecho torrente. Aquí, en la población de Pandi, tiene esa quebrada, en sus orillas superiores, cerca de 30 pies de ancho y más o menos 300 pies de profundidad; grandes rocas, sujetas las unas con las otras, forman un puente natural. El corte, rodeado de rica vegetación, con paredes de ángulos rectos escindidos como a cuchillo, las violentas y estrepitosas aguas en lo profundo, forma un cuadro tan variado por todas las otras corrientes de agua, que es altamente interesante para los geòlogos su investigación. En lo profundo de esta quebrada, envuelta en una eterna media luz viven aves nocturnas características. Un disparo en la profundidad retumba como truenos en estampidos sin fin, aterrorizando a las aves lucífugas. Con graznidos desagradables que se multiplican en ecos, éstas vuelan, como apariciones fantasmales, de aquí para allá. Sólo por un desvío de varias horas se puede llegar, por el agua, al pie de estas paredes rocosas, igual que en el Tequendama. Para nosotros no ofrecía ningún interés esa expedición extenuante y peligrosa.

Una vez que regresamos a Pandi, inspeccionamos en las cercanías de la población un bloque de piedra que está en las pendientes de la montaña, con un jeroglifo, una "piedra pintada". Quedamos verdaderamente desengañados. Una superficie de pocos metros cuadrados está emborronada con dibujos rojos e irregulares, entre los cuales se repiten con la mayor frecuencia elementales viñetas lineales, como se encuentran en todas las épocas sobre objetos de barro. Con todo, también se encuentra la imagen de un sol y un escorpión, pero nos parece el conjunto más la mamarrachada de algún aprendiz de cerámica que los testimonios de viejas y profundas transformaciones geológicas, como lo afirman los letrados de Nueva Granada. Por razones geológicas, se creen estos mismos señores con derecho a suponer un vaciamiento intempestivo de una gran laguna en este sitio. Los jeroglifos deben representar plásticamente ese suceso: el sol significa la fertilidad de esta tierra alguna vez cubierta de agua; el escorpión, la aparición de los animales terrestres; una serie de ornamentos lineales representan sapos croantes, que, según su opinión, simbolizan, en el lenguaje plástico indígena, una gran acumulación de agua. Los otros dibujos, incomprensibles para esos mismos genios, se refieren al detalle del suceso natural, y propiamente ellos sirven a la confirmación indudable de la interpretación correcta del lenguaje de símbolos de los indígenas.

El 25 de junio regresamos a Fusagasugá en medio de una tormenta. El 26 cabalgamos por el camino que va directo a la sabana. El camino es bueno (es decir, entre nosotros se declararía como espantoso); el escenario, magnífico; hasta ahora no habíamos visto tan bellos bosques selváticos como aquí. Hasta la sabana el camino sigue empinado por entre el bosque, hasta que se llega de repente a la altiplanicie; en seguida llegamos a Soacha. El 27 temprano llegamos de nuevo a Bogotá. Animales y hombres necesitaban descansar.

Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI- 1994- editado en 1995

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