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Martes, 15 de Enero de 2008 18:07

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A las cinco de la mañana del 17 ya tenía un número superabundante de caballos para remontar los escuadrones, pues habían sido colectadas hasta las caballerías del vicepresidente. Di órdenes de que me siguiesen 150 hombres de ambos escuadrones, y con el pretexto de reconocer los pasos del río Saldaña, que estaban guardados por algunos pequeños destacamentos, pasé esa noche aquel río para reconocer al enemigo, y aun asaltarlo si estaba descuidado; pero llegué al Guamo sin novedad, y no pude adelantar otra cosa sino que en esos días habían venido como 200 hombres del batallón Callao hasta El Espinal, inmediato a El Guamo, y que se decía se habían retirado. Al día siguiente muy de mañana ocupé El Espinal, y después de haber prevenido que bajasen hasta el paso de La Boca de Fusagasugá las barquetas que había en el Magdalena arriba, me dirigí a dicho paso. Previne al mismo tiempo que el resto de la división se pusiese en marcha sin perder momento hasta alcanzarme, y expedí una proclama anunciándome, y anunciando mi aproximación a la capital.

Llegado al paso de La Boca de Fusagasugá, supe que positivamente una pequeña columna enemiga había estado allí, y aun pasado a este lado, pero que se había retirado a Tocaima a la presencia del teniente coronel Juan Arrimigas, comandante del escuadrón de Neiva, que se había adelantado con algunos soldados a reconocer el país y había tenido la ocasión de disparar algunos carabinazos, uno de los cuales había herido al comandante de la columna enemiga, capitán Itúrbide. No encontré en el paso sino una barqueta inútil, en donde, con mucho riesgo, podían pasar dos o tres hombres a la vez. En vano esperé largo tiempo la llegada de las barquetas que había ordenado descender, pues no aparecieron. En estas circunstancias resolví verificar el paso en la barqueta inútil de que había hablado, y mientras esto se hacía recibí una insinuación escrita del vicepresidente, en que me decía que "no pasara el Magdalena, porque esta operación era peligrosa en esas circunstancias". También se me hizo entender que la marcha del resto de la división había sido entorpecida, de temor de que yo la comprometiese en un lance desigual. Yo contesté al vicepresidente, significándole la necesidad que había de obrar activamente, y después de algunas reflexiones le suplicaba me dejase la libertad de hacer lo que yo creía convenir, puesto que me había hecho el honor y la confianza de darme el mando del ejército y la dirección de sus operaciones.

En esos momentos se presentó en el paso una misión del general Urdaneta, compuesta de los señores doctor Vicente Borrero y Raimundo Santamaría, la cual tenía por objeto proponer una suspensión de armas mientras su comitente se podía entender con la autoridad constitucional a efecto de transigir amistosamente las desavenencias. Yo recibí a esos señores con la urbanidad debida, participé su llegada al vicepresidente, y le aseguré, a sus instancias, que no extendería mis operaciones más allá del río Funza, hasta obtener órdenes del encargado del poder ejecutivo. Con antelación había yo prevenido al coronel Ramón Espina marchase con un piquete de caballería hasta El Peñón de Tocaima, a obtener noticias positivas del enemigo, y se conservase allí mientras por algún accidente no fuese obligado a retirarse, pues de este modo podía hacer valer el uti possidetis, en el caso de celebrar el armisticio, y cabalmente la línea de El Peñón de Tocaima era la que me convenía ocupar en aquellas circunstancias, hasta reunir allí una fuerza capaz de obrar de firme según lo aconsejasen los posteriores acontecimientos.

Más oportunamente no podía habérsenos ofrecido el armisticio, porque yo nunca habría podido todavía dar un paso más allá de Tocaima. El vicepresidente fue en persona a La Boca de Fusagasugá, y me hizo venir de El Peñón, en donde ya me hallaba con mi caballería, para que con intervención mía se celebrase el tratado de suspensión de hostilidades, que efectivamente se celebró por un tiempo limitado, quedando convenidas ambas partes a enviar sus comisionados al sitio de Las Juntas de Apulo para tratar del principal objeto: el avenimiento.

Entre tanto, situado mi cuartel general en El Peñón de Tocaima, se incorporaron las dos compañías a las órdenes del comandante Quijano y capitán Prieto, y algunas partidas de voluntarios de la provincia de Neiva, el escuadrón de Purificación, que hice situar en El Paso de Fusagasugá, a seis leguas de mi retaguardia, por la mejor comodidad para mantener los caballos. Multitud de personas que huían del usurpador vinieron a ofrecer sus servicios, la mayor parte jóvenes llenos de entusiasmo, con los cuales se compuso después otro escuadrón. Es decir, mi fuerza ascendía por todo a unos 750 hombres, la mitad veteranos.

Reunidos el vicepresidente y el general Rafael Urdaneta en Las Juntas de Apulo el 26 de abril, y nombrados los comisionados, a saber: por parte del gobierno su secretario del Interior y Relaciones Exteriores, señor Pedro Mosquera, el coronel Posada y yo, y por la del general Urdaneta el doctor José María del Castillo, el señor Juan García del Río y el general Florencio Ximénez, se firmó y ratificó un tratado, en virtud del cual los disidentes reconocían al gobierno legítimo, a quien debían prestar juramento de obediencia y fidelidad, y el gobierno otorgaba una completa amnistía general al partido contrario. Estas eran, en sustancia, las principales cláusulas del convenio; las otras eran puramente accesorias o referentes a garantizar su cumplimiento: era cuanto los enemigos podían esperar de la generosidad del gobierno, y cuanto éste podía racionalmente conceder. ... 

Titulo: Memorias de José Hilario López
Edición original: 2003-08-28
Edición en la biblioteca virtual: 2003-08-28
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Lopez Jose Hilario
Notas: Memorias del expresidente de Colombia José Hilario López.

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