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El puente de Pandi PDF Imprimir E-mail
Martes, 15 de Enero de 2008 17:36

Camino de Fusagasugá a Pandi visité con el doctor Blagborne su hacienda de El Retiro que queda a unas pocas millas al sur de Fusagasugá y a un lado del camino a Pandi. Está en un rincón de las montañas, en una cuesta suave y muy hermosa, pero rodeada de terrenos tan abruptos y quebrados, que unas cuantas yardas de cerca son suficientes para proteger mil acres de posibles invasores. A esa altura todavía se da con abundancia el banano; para sembrarlo han tumbado los tallos altos y huecos de la |Cecropia peltata, pero creo que es el límite extremo para el cultivo de la yuca, y la altura ideal para cultivar papa y arracacha. Hacia el oriente el terreno se va elevando y está cubierto de bosques de árboles inmensos, entre los cuales debe haber árboles de quina y otros de maderas finas apropiadas para la fabricación de muebles.

Al occidente el paisaje es diferente; cuando el cielo está despejado se divisa, más allá de Fusagasugá y por encima de los cerros, el pico nevado del Tolima. En cambio es muy poco lo que se puede ver del mundo circundante y de las obras de los hombres, por eso el doctor Blagborne afirma con razón que “Yo soy el monarca de todo lo que diviso".

Como compañero y guía a Pandi contraté un joven con cabeza de chorlito, empleado en la gobernación de Bogotá, según me dijo. El muchacho sintió mucho no haber ido vestido con su uniforme militar para que yo viera cómo la gente corría a esconderse en el monte pensando que era un oficial de reclutamiento. El fue en un caballo que si no estaba destroncado, era por lo menos cojo y perezoso. El mío, gracias a un amigo mejor conocedor de bestias que yo y que tuvo la gentileza de conseguírmelo, resultó tan bueno como lo necesitaba. Salimos temprano, es decir, antes de las diez, y pronto llegamos al límite de la llanura inclinada de Fusagasugá y cruzamos el riachuelo que desciende de las montañas.

Pandi está a veinticinco o treinta millas al suroeste de Fusagasugá, en los ramales de la cordillera a la izquierda de la población, mientras que las montañas de la derecha son más uniformes y tienen muy pocas estribaciones. Por todos los valles que pasamos corre una quebrada y todas ellas concluyen a la derecha para seguir hacia el occidente. Luego, desde la cima de un cerro, divisamos por encima de una depresión a la izquierda el inmenso valle que se extiende entre esta cadena de montañas y otra más lejana. Al observar tal depresión parece como si un golpe violento desde este lado hubiera abierto un boquete en la montaña. Al otro lado la cuesta es brusca y escarpada, pero en este la pendiente es uniforme.

Pero ¿en qué dirección desaguan las aguas de ese valle? Estoy seguro que no lo hacen hacia el norte, porque de lo contrario hubiera visto la garganta y cruzado el río cuando venía de Bogotá. Hacia el este es imposible porque la serranía oriental es todavía más alta. Tampoco parece posible que sea hacia el sur, por lo menos desde aquí no se puede divisar ningún rebasadero; y si al sur no hay ninguna salida, el valle debió haber sido un lago de quizá mil pies de profundidad. Es posible que se hubiera desaguado por encima de este cerro, en especial si la formación es de arenisca, como lo son muchos terrenos en esta cordillera, porque entonces las aguas podrían haberlo desgastado rápidamente cientos de pies, sin hacerlo más ancho.

¿ Pero se ve algún rastro de la existencia de ese río? Ninguno, a pesar de que gran parte de las laderas de las montañas son perfectamente visibles. Una garganta tan estrecha y tan profunda como sería ese desaguadero tiene que estar expuesta a derrumbes, y las rocas que alcanzaran el fondo naturalmente deberían llegar pulverizadas. Pero supongamos que una masa de rocas se deslizara y fuera demasiado grande para rodar por la estrecha hendidura. Esto es muy posible y entonces tendríamos que las rocas formarían un |Puente natural. Veamos si la suposición es correcta.

Ese día no pude comprobar nada porque el caballo de José casi pasa a mejor vida y yo le di el mío y seguí a pie, caminando mucho más rápido y sabroso. Mientras hubo luz estuve muy contento, entre otras cosas vi un |Euforbio de hojas parecidas al del álamo, y como es venenoso lo llaman manzanillo, pero creo que se trata del |E. continifolia. |

Las lomas iban siendo cada vez más bajas y llegué a Pandi alrededor de las ocho de la noche. Me dieron posada en la casa del alcalde, que es una tienda con un tercer cuarto al lado de la sala. De comida me sirvieron un pollo diminuto, y no me pusieron ni cuchillo ni tenedor sino una cuchara de madera muy limpia. De cama me extendieron un cuero, pero después lo cambiaron por una hamaca prestada. Pedí una silla para sentarme en el corredor, porque como Pandi es más bajo que Fusagasugá, la noche estaba caliente. No tenían ninguna silla y entonces sacaron una banca sin espaldar, de diez pies de largo.

Pandi tiene iglesia pero actualmente no hay cura. Despidieron al último por varias razones, entre otras porque un día que estaba borracho le dio por perseguir a uno de los fieles con un cuchillo. Y Pandi tuvo la desgracia de tener una vez al parroco de Tibacuy. Un defecto muy grande del sistema de la iglesia católica romana es que no tiene manera de deshacerse de un mal sacerdote; no hay forma de ponerle otro oficio, como se hace con una cuchilla que ya no afeita. No se le puede matar como a un caballo con una pata rota y lo único que puede hacerse con él es mantenerlo como un caballero sin muchas obligaciones, o hacer de él un misionero.

Pero nos olvidamos del puente. Bien, por la mañana, después de una taza de chocolate, salimos en la misma dirección del día anterior, cruzamos otro riachuelo que corre, como todos los otros, a la derecha y a una distancia de un poco más de una milla llegamos al puente. Este, más que extenderse de un lado al otro del abismo, lo ha tapado, y muchas veces la gente pasa sin ver el puente ni ver el vacío. Dicen que este cañón estrecho, como lo llamaría Frémont, tiene trescientos pies de profundidad y las paredes son perpendiculares. El ancho es de unos dieciséis a veinte pies, tanto que no me parece imposible que alguien pueda saltar de un lado al otro. Como me había imaginado, la formación es de arenisca en capas horizontales y la dirección del río es cuarto noroeste, o sea 13 grados en dirección noroeste. Es indudable que el puente se formó por un derrumbe, que debió ser tan grande que cubrió unas cuatro o cinco “rods” de la sima. Los viajeros cuentan cuántas piedras tiene el |arco del puente y no creería tales informaciones si no fuera porque Humboldt parece confirmarlas.

Dicen que el puente de más abajo está formado de tres piedras gigantescas que cayeron al tiempo, y se atascaron formando un arco, siendo la de la mitad la más grande y la más alta.

El Barón Gros, quien estuvo más tiempo en este lugar que cualquier otro hombre pensante, considera que el puente de abajo lo formó una sola piedra, que era demasiado grande para caber por la hendidura. Digamos que es una piedra de cuarenta por cuarenta y seis pies, cuyo borde al norte de la quebrada es el más bajo. El puente solamente se puede observar con exactitud desde abajo, porque arriba está cubierto de vegetación, de tal manera que parece parte de una quebrada seca, común y corriente. Me inclino a pensar que debe haber más de una piedra, porque cerca de la mitad del puente hay un hueco de dos pies de diámetro, a través del cual tiramos piedras al agua.

Al subir al límite superior del puente inferior puede uno arrastrarse debajo de una piedra plana y enorme, que va de un borde al otro del precipicio, completamente separada del puente inferior, y constituye, a su vez, otro puente. Quizá entre los dos hubo alguna vez capas de tierra que los separaron después del derrumbe, pero hoy la tierra ha desaparecido. Así, pues, está la piedra plana que se extiende sobre el abismo, mientras que las otras rocas penetraron más profundamente en la hendidura y por eso hay un puente sobre otro. El de encima se extiende un poco río arriba, en tal forma que cubre el borde superior del puente inferior.

Sobre la piedra plana echaron cantidades de tierra, me imagino que pensando hacer un camino, pero vieron que quedaba demasiado bajo y entonces resolvieron construir más arriba un puente de madera que cubrieron con tierra, como es lo corriente, y le hicieron barandas, lo cual sí es inusitado. Las de un lado son muy necesarias, porque la piedra plana y el puente de madera están en el borde superior del derrumbe, de manera que inclinándose sobre la baranda del puente se puede mirar perpendicularmente y ver el río que ruge al fondo del abismo. El Sumapaz sería un río relativamente grande si corriera por un lecho normal a través de una llanura. Es más pequeño que el Hudson, el Connecticut o el Delaware, pero es más o menos como el Housatonic, el Mohawk o el Merrimack. Humboldt calcula que en este sitio, donde corre tan rápido que es una verdadera catarata horizontal, tiene alrededor de veinte pies de profundidad. Un poco más adelante examiné el río y me parece que ese cálculo puede ser correcto.

No bajé al fondo de la hondonada porque me lo impidieron mi caballo y otras circunstancias. Si fuera posible vadear el lecho del río, valdría la pena hacer el esfuerzo de bajar; pero además de la angustia tremenda de tener abajo un vacío de trescientos pies, es imposible pasar de un sitio a otro, aun en el mismo lado del río, de manera que descender a la sima es proeza como para cabras monteses.

En los escalones de roca, un poco más arriba del agua, quizá en la mitad del precipicio, vi muchísimos nidos de guácharos, que parecen conos hechos de barro. Pero aunque había llevado un telescopio Dollond pequeño, era muy difícil lograr una buena visión desde ese punto. Tiramos piedras y se levantó una inmensa nube de pájaros; sin embargo, no tengo noticias de que hayan cogido alguno, así que no hay seguridad de que sean guácharos. Dicen que éstos son del tamaño de los cuervos.

El puente está mucho más bajo que Pandi porque el termómetro a las diez marcaba casi 80º, la temperatura más alta que haya sentido desde que salí de Honda.

De regreso del puente visité el cementerio más desolado que he conocido en mi vida. Tenía forma elíptica y alguna vez había estado rodeado por un cobertizo de paja, que ya se había derrumbado en varios sitios, de manera que el ganado entraba al cementerio y a la capilla en busca de sombra. No había bóvedas ni monumentos, todas las tumbas estaban pisoteadas por el ganado y la tierra llena de malezas; había tanto abandono como en las tumbas de Idumea| .

Al regresar a Pandi y después de usar nuevamente la cuchara de palo, fui a visitar la prisión del distrito. Atrás había mencionado que las ocho cárceles nacionales son de tres clases diferentes y además hay treinta y una provinciales, en las cuales había cuarenta y tres prisioneros el 31 de agosto de 1851. El sistema carcelario requiere también 99 prisiones cantonales y 756 distritales y aldeanas, lo cual significa un total de 894 para una población de 2.243.730 habitantes, o sea que hay una de esas caritativas instituciones por cada 2.510 almas. La cárcel de Pandi ocupa los dos extremos de la casa de la alcaldía. Claro está que nunca encierran con llave a los presos porque sería ridículo hacerlo en una edificación que parece hecha con cartas de naipe. Al prisionero le dan un cuero para que se tire sobre él y le amarran |una pierna en el cepo. Para un norteamericano, especialmente si todavía no le hubieran condenado, semejante sistema no tendría nada de divertido, teniendo en cuenta que con el impedimento del cepo no podría pensar ni en salir de compras ni en cocinar. Esos gastos tendrían que correr a cargo suyo, pues de lo contrario tendría que resignarse a no comer. El tratamiento que reciben los presos en las distintas cárceles es diferente; en la de Bogotá le dan comida a los pobres, aunque insuficiente, pero las reglas varían tanto de provincia a provincia en esta materia, que es imposible llegar a una generalización. Entiendo que en esta provincia (el cantón de Fusagasugá quedaba en la provincia de Tequendama, pero ahora está en la de Bogotá) no les dan a los prisioneros más que agua.

Alrededor de las once emprendí el regreso, ordenándole a José que me siguiera rápidamente con mi caballo y escopeta. Y según me informé ese veraz individuo, eso fue lo que hizo; lo esperé en distintos puntos del camino, y al llegar al sitio donde habíamos dejado el otro caballo, el paso que llevaba se hizo todavía mucho más lento. Arreándolo gasté todas las varas que encontré y le pedí a un muchacho que pasó a pie que me cortara unas bien duras, pero en el lomo del caballo se doblaban como si fueran tallos de espárragos. Por último me cansé de azotar al pobre animal, y me imagino que él se cansó de que le pegara, hasta que resolví no exigirle otra cosa distinta a dar un paso tras otro, y con la ayuda de unas cuantas varas logré que siguiera avanzando lentamente.

Cuando salí de Pandi a las once de la mañana estaba haciendo bastante calor, así que me puse ropa liviana y dejé que José me llevara el resto de la ropa pesada. Pero a medida que se ponía el sol y que yo subía, el frío empezó a calarme los huesos y no tuve más remedio que calentarme con los esfuerzos que hacía para lograr mover el caballo. José también traía mi dinero, así que ni siquiera podía caer en la tentación de comer algo, aun en el caso de que hubiera estado dispuesto a detenerme en alguna tienda.

Ya avanzada la noche llegué a un puente que había visto antes y que cruzaba una quebrada bastante grande. Era tan largo y estrecho, tan alto y tan endeble que me erizaba pensando que tenía que cruzarlo. Me ha tocado pasar por puentes así en caballos tuertos, muy peligrosos porque entonces los animales tienen una visión demasiado parcial de las cosas. Además esta clase de puentes no tienen barandas pues de lo contrario las mulas cargadas no podrían pasar entre ellas, ya que son demasiado estrechos. La tortuga que cabalgaba no tuvo ninguna dificultad en arrastrarse por la temblorosa obra de ingeniería hasta que después de un rato, que se me hizo interminable, volví a sentir tierra firme.

Llegué a Fusagasugá entre las nueve y las diez, después de haber perdido una hora de camino por falta de guía. José llegó diez minutos más tarde y según me dijo había salido media hora después que yo y había venido rápidamente y sin tropiezos, por lo cual hasta hoy es para él un misterio por qué no pudo alcanzarme.

Titulo: La Nueva Granada, veinte meses en Los Andes
Autor: Holton Isaac F.
Edición original: Bogotá, Ediciones del Banco de la República. 1981

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