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Martes, 15 de Enero de 2008 17:30

Admirado suficientemente el Salto del Tequendama o turbado este goce por la niebla y la lluvia, nos devolvemos a Puerta Grande, para coger desde allí el camino a Sibaté, población situada a una hora hacia el sur, en un estrecho recodo de la sabana, al que cruza un pequeño riachuelo de curso bien retorcido. De allí vamos subiendo a otra parte del borde de la sabana, con un ambiente frío y lluvioso, poblada por árboles achaparrados, pero afamada por el maravilloso panorama que ofrece con tiempo favorable. En el descenso por el otro lado a través de exuberante monte y acompañados por el aullido de los monos, que con la ayuda de sus largas colas cobraban vuelo para pasar de árbol en árbol, al cabo de varias horas llegamos a Fusagasugá, población ubicada a 1.700 metros de altura sobre el nivel del mar, muy ponderada por los bogotanos como sitio veraniego en razón de su clima benigno y sus baños de río, agradables, si bien un tanto frescos. Familias hay, contadas todavía, que en su entusiasmo han llegado a construir su quinta en los alrededores, entre ellas la quinta Coburgo, propiedad del señor Demetrio Paredes y su esposa, oriunda de Coburgo (Alemania), residencia distinguida por su ambiente acogedor y elegante. 

Fusagasugá está situada sobre el extremo superior de una mesa ligeramente inclinada, cubierta de gramíneas y rastrojo bajo, que se extiende hasta el llamado boquerón de Fusagasugá, teniendo como bordes el río Chocho al noroeste y el río Cuja al sudeste. Planicies similares se encuentran con alguna frecuencia en la Cordillera Oriental, si bien de tamaño inferior. Tal como la de aquí, a veces terminan en declive escarpado por sus lados longitudinales hacia unos ríos que vienen a unirse en su extremo inferior. Otras veces se hallan inclinadas con uno de sus lados contra montañas más elevadas, encontrándose también mesetas completamente aisladas. En común tienen todas estas planicies la circunstancia de haber formado el fondo de valles en tiempos ya remotos, debiendo su estructura actual de terraza a la prolongada acción excavadora de los ríos. Pero de por sí tampoco han participado como eslabón en la estructura de las montañas, siendo, en cambio, obra de los mismos ríos, como se deduce de su composición de gruesa rocalla. Son terrazas de acarreo, tales como también en los Alpes las conocemos y cuya formación ha sido motivo de estudios especiales precisamente en los últimos años. La superficie de esas masas andinas a menudo está cubierta de enormes rocas, que a veces sobrepasan el tamaño de todo un rancho. A pesar de su parecido con los bloques erráticos del norte de Alemania, no puede tratarse de tales, ya que faltarían los glaciares que las hubieran podido transportar; tampoco aciertan los geognostas colombianos en su conclusión de catalogarlas como de procedencia volcánica. En cambio, habiendo presenciado la fuerza indescriptible desarrollada por los torrentes tropicales crecidos y embravecidos a consecuencia de uno de aquellos aguaceros diluviales, el observador alcanza a comprender su capacidad de remover tamañas rocas, que, dicho sea de paso, también se encuentran encerradas entre la rocalla presente en los estratos más hondos bañados por los ríos, como se puede observar en las excavaciones causadas por ellos. No es raro el caso asimismo de hallarlas en los actuales lechos de los ríos, hasta en forma acumulada.

Desde aquellas mesetas de ambiente sereno y carentes de árboles suele ofrecérsele al viajero una admirable vista panorámica de las perfiladas montañas circundantes, que en su parte inferior peladas o apenas cubiertas de vegetación herbácea, acostumbran lucir la paleta de los más expresivos matices propios de los países meridionales, para a mayor altura presentarse pobladas de monte espeso y, por lo tanto, en colores más sombríos y apagados. Alcanzado el borde inferior de la mesa, observamos el grandioso valle rocoso, a cuyo pie el poderoso río Sumapaz, previamente reforzado por sus afluentes Cuja y Chocho, viene forzando su caudal a través de la alta cadena de montaña encontrada a su paso. Por la parte superior del despeñadero así formado, la vista pasa a la amplia mesa de Limones, también una de las terrazas de acarreo, que se extiende allende la montaña, para en el horizonte descubrir la brecha cortada a través de otra cadena de menor elevación. Apenas dejada esta, el río Sumapaz desemboca en el Magdalena. | | 

Por ahora nos encaminamos hacia el puente natural de Pandi o Icononzo, conocido ya por la descripción ilustrada de Humboldt. A diferencia de los llamados “puentes de tierra”, en el de Pandi tenemos el medio natural para franquear uno de los más grandiosos, profundos y estrechos abismos imaginables, al paso que los puentes de tierra se forman por amontonamientos de grandes rocas de arenisca y caliza cubiertas de tierra, debajo de los cuales la corriente desaparece por un trayecto, para luego volver a continuar su curso en la superficie. Ejemplos hay en varias regiones del país, entre ellas en el camino de Pandi a Cunday. 

El camino de Fusagasugá a Pandi, con sus permanentes subidas y bajadas conduce a través de las quebradas excavadas por los riachuelos en su curso monte abajo, alternadas con el cruce de los peñascos que entre ellas permanecen intactos. El viajero aquí va cabalgando a lo largo del borde de las regiones cultivadas, encontrando a poca distancia, a la izquierda de su camino, el comienzo de la espesa selva que, apenas interrumpida por el alto macizo del Sumapaz, va extendiéndose hasta el piedemonte oriental de la cordillera y las llanuras adyacentes. Pandi mismo es un pueblo infeliz, habitado casi exclusivamente por indios y visitado de vez en cuando por extraños curiosos. Sería inútil buscar allí las más mínimas comodidades. Satisfecha nuestra atención atraída por la enorme roca de arenisca con sus pinturas en rojo, emplazada al sur del pueblo, el camino nos conduce en descenso moderado a una depresión, cuyos bordes se levantan al otro lado por una ladera similar. Cuando llegamos al fondo, cruzamos cabalgando un puente de madera, que también el viajero distraído podría pasar tranquilamente, a no ser por el susto provocado por el chillido de los pájaros que emerge desde abajo. Despierta así nuestra atención, nos damos cuenta del profundo abismo abierto debajo de nosotros, formado por una grieta rocosa con paredes verticales, en cuyo fondo el torrente de Sumapaz hace escuchar su bramido. Bandadas de pájaros posan en los resaltos de la roca o vuelan entre las paredes del precipicio. Pronto descubrimos que nuestro fundamento, el puente de madera, está descansando sobre otro puente, natural este y formado de roca y tierra. Bajando a este por un lado y amparados bajo una de sus rocas péndolas, cubierta con infinidad de nombres rasgueados, alcanzamos a divisar el fondo del precipicio a través de un hueco que hay en el piso. Desde una pequeña terraza a pocos metros más abajo se nos ofrece una maravillosa vista del abismo y una demostración clara de la estructura del puente. Este se compone de un arco doble de roca, sobre el cual descansan los pilotes del puente de madera. Parece que el arco superior, debajo del cual hablamos estado primero, está formado por una sola roca enorme de arenisca, en tanto que el otro, hasta donde hemos podido comprobar, está formado por varias unidades de la misma materia, encuñadas tanto entre sí como contra las paredes del abismo, estas últimas integradas por arenisca y roca esquistosa en estratos alternados casi horizontales. 

André, viajero francés, ha sometido la grieta de Pandi a una exploración minuciosa, con una publicación de sus resultados, un tanto presumida, en “Tour du Monde”. Su compañero suizo, habiendo descendido por medio de largos rejos, o sea lazos torcidos de piel de buey, hasta llegar a sumergir sus pies en el agua, logró capturar y subir uno de aquellos pájaros, para evidenciar su identidad con los guácharos, encontrados por Humboldt en la cueva de Caripe, Venezuela, y descritos como «steatornis caripensis». Medida la distancia entre el puente de madera y el nivel de agua, resultó de 84 metros, siendo esta misma de una profundidad de 18 metros, estimada por André. Su ancho, medido a lo largo de un trayecto de 300 metros, apenas oscila entre los 10 y los 15 metros, con un largo del puente de madera de apenas 12.6 metros. Aquel suizo observó con sorpresa que el arco inferior no se compone de arenisca exclusivamente, llevando en cambio roca esquistosa en su parte inferior, descubrimiento que, a su vez, le sirvió a André para concluir que, al contrario de la aseveración del observador primitivo, tal arco no se compone de varias rocas aisladas, encuñadas en la estrecha grieta, tratándose en cambio de un remanente de formación parental, motivo suficiente para anunciar de manera triunfante haber encontrado al fin la solución definitiva del problema que había quedado oculta ante el mundo desde hace centenares de años. Es llamativo el hecho de que Humboldt, por su parte, había emitido su criterio al revés, tomando el arco superior por material parental, en tanto que, por formado de rocas aisladas el otro. En realidad de verdad, ambos arcos están compuestos por masas de roca encuñadas, pero no traídas por el río desde lejos, sino provenientes del borde superior de la grieta. Así las cosas, ¿por qué no podrían aparecer la arenisca y la piedra esquistosa en combinación? Por cierto que lo curioso no es tanto la posible formación de los puentes —que encontramos repetidos, en menor escala, en el desfiladero de Uttewald, de la Suiza Sajona— como la causa originaria de la profunda grieta misma, con sus paredes completamente verticales. La idea más generalizada es la de tomarse una sacudida sísmica como su origen, creencia, sin embargo, poco probable. Veamos por qué. Puente abajo la grieta aparece retorcida en su curso, anchándose gradualmente, en tanto que río arriba también se origina en un valle de alguna apertura, que conserva sus paredes perpendiculares, pero ladeando el curso en ángulo recto, características que no se asemejan a las del origen supuesto. Por lo tanto cobra fuerza la teoría de que la grieta de Pandi hubiera sido cavada por la fuerza del mismo torrente de Sumapaz, favorecida por la posición horizontal de los estratos, así como por el recubrimiento de los estratos de esquisto, relativamente blandos, con los de arenisca dura, condiciones parecidas a las que encontramos actuando en el Tequendama. 

Ficha bibliográfica
Titulo: Viaje por los Andes colombianos (1882 - 1884)
Autor: Alfred Hettner
Edición original: Bogota, Talleres Gráficos del Banco de la República. 1976
Notas: Libro de Alfred Hettner titulado Viajes por los Andes colombianos, en el que describe la geografía, la sociedad y la economía de la región andina de Colombia.

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