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Martes, 15 de Enero de 2008 17:15

Me gusta salir de viaje a principio de la semana y en Soacha un propietario de bestias me prometió tenerlas listas el lunes. Convinimos el precio y quedé muy contento con los sesenta centavos por bestia que me cobré de Bogotá al Tequendama, pero desafortunadamente se lo dejé saber y entonces me pidió ochenta por bestia de la hacienda de Tequendama a Fusagasugá. El precio todavía me pareció razonable y entonces él resolvió contar el peón como una bestia, lo que significaba pagar 3,20 en vez de 2,40. Acepté el trato y el hombre quedó convencido de que la generosidad lo iba a arruinar, así que cuando mandé recoger las bestias, en vez de enviarlas me mandó razón de que le debía dar un real más. Total, me hizo perder un día, pero él, a su turno, perdió el negocio. No le contesté nada y cuando al día siguiente mandó el peón y las mulas, ya otro estaba cargando mi equipaje.

Viajando rumbo al sur por el brazo de la Sabana, que es mucho más largo de lo que yo pensaba y que termina en Sibaté, en donde no hay ni siquiera un pueblo, a la izquierda se tiene todo el tiempo la cordillera de los Andes a cuyos pies está Bogotá, y a la derecha, la sierra occidental, mucho más baja. Las dos cadenas de montañas, después de correr separadamente un largo trayecto, se buscan nuevamente y solo dejan suficiente espacio entre ellas para un camino bordeado de fincas muy bellas, en las cuales las casas están construidas al fondo, al pie de las montañas.

Sacerdote viajando

En Sibaté me despedí de un sacerdote con el que había hecho parte del camino. Era un hombre amable y simpático, que había sido cura de Pandi pero que estaba entonces sin parroquia. Me invitó a tomar algún refresco en Sibaté pero yo no tenía deseos de beber nada. Mostró gran curiosidad sobre los Estados Unidos y me preguntó si yo pensaba que pasaría mucho tiempo antes de que los inmigrantes católicos lograran obtener la mayoría en las votaciones y establecer legalmente la religión católica en el país.

Imposible garantizar que el grabado sea el retrato de este honorable sacerdote, pero de todas maneras ilustra bien el personaje. El viajero lleva la cara cubierta para protegerla del viento seco y de la luz intensa que a veces destruyen la piel y rajan los labios. Al frente, en la montura, está amarrado el bayetón que le sirve para defenderse de la lluvia en el día, y de cobija por la noche. Lleva zamarros de piel de perro y una funda de hule le protege el sombrero, que es de algodón, a juzgar por el color entre marrón y rojo oscuro.

Lo sigue el peón con un enorme "perrero” hecho de la madera más dura que hay en la Nueva Granada y quizá en el mundo, el guayacán, que tal vez es un |Guaiacum. Desafortunadamente no he podido ver el árbol ni tampoco encontrar un palo completamente recto y sin nudos; me parece que el diámetro del guayacán no es nunca mayor de una pulgada. Es evidente que el caballo ha molestado, quizá fue a meter las narices entre los matorrales, donde no debía ir, y ahora está pagando las consecuencias. En el lomo lleva una bolsa inmensa conocida con la palabra de origen árabe, almofrez, o también y más exactamente, vaca, aunque el cuero de una vaca no alcanzaría para hacer la bolsa, ni todo el animal para llenarla. He visto unas tan inmensas como el más grande colchón de plumas.

Después de Sibaté el camino sube y el viajero tiene una magnífica vista de la Sabana, a la cual dije adiós por mucho tiempo y sin alegría porque lo único que me gustaba dejar era el frío. Al salir de la hacienda vi que las hojas de muchas plantas estaban quemadas por la escarcha, algo que es poco frecuente pero que puede suceder en cualquier mes del año, no solamente en el Tequendama sino en toda la Sabana. Confieso que tenía muchos deseos de llegar a climas más cálidos.

En el camino me crucé con una mujer que iba de una casa a otra e hilaba algodón mientras caminaba. En Tierra Caliente hay numerosas especies de |Gossypium, pero las que más aprovechan, y digo aprovechar pues no es que las cultiven, son unos arbustos grandes con fibra muy escasa. El aparato para hilar consiste en un palo con la punta inferior clavada en una papa o en otra cosa que sirva de pesa. Posee la ventaja sobre cualquier otra clase de huso de que no necesita máquinas para separar y cardar, que es el más barato del mundo, que no se daña fácilmente y que es portátil. Tengo la impresión de que aquí tiene mérito especial andar hilando por la calle.

Casi en el alto de una loma vi a un hombre unciendo un par de bueyes. Primero enlazó y amarró a uno de un poste, le puso el yugo y arrastró al otro, |vi et |armis, hasta el poste y le amarró los cuernos a la otra extremidad del yugo, que es un palo recto. Ninguno de los dos bueyes podía mover la cabeza, ni mirar para atrás; pero cuando se enojaban, con un solo ojo se lanzaban chispas de rabia el uno al otro. Me cuentan que en algunos páramos tienen un yugo especial, muy largo y con los bueyes amarrados a cada extremo, lo utilizan para llevar las reses al matadero. Primero enlazan la res y la tumban, estirándole las patas traseras hasta que ponen el centro del yugo sobre la cabeza, y entonces dejan que se pare en las patas delanteras, como lo hacen los caballos, y mientras le amarran la cabeza al yugo le sujetan firmemente las patas traseras. Luego las sueltan y los dos bueyes se encargan de ir al sitio del sacrificio, y aunque en el camino ninguno de los tres compañeros da muestras de mucho afecto, la voluntad del recluta no cuenta para nada.

Finalmente perdí de vista la Sabana y a mi diminuto peón con las tres mulas (él había decidido traer otra para tener una extra en caso de emergencia), y no lo volví a ver hasta el día siguiente. El camino bajaba, subía y volvía a bajar, pero a pesar de lo malo, podía llamársele carretera. Me encontré con los lanceros del Presidente, quien había pasado quince días de descanso en Fusagasugá, y lo habían seguido todo el tiempo. Al poco rato me crucé con el Presidente acompañado por un oficial. Conversamos un momento y más adelante me encontré con los dos lanceros que le llevaban el equipaje. El camino se fue deteriorando cada vez más hasta volverse el más malo que había visto en mi vida, lo cual me hizo pensar que hubiera sido más útil para el Presidente viajar con una compañía de zapadores que con una de lanceros.

De nuevo me interné en bosques grises, y parecía como si ese colorido se debiera a una profusión enorme de musgo de florida o de la |Usnea barbata nuestra, pero en realidad el efecto lo dan muchas plantas. Más adelante vi los helechos de árbol y unos tallos inmensos que creo eran de achipulla, planta cuya raíz comen los osos y el hombre, pero no la conozco. Dicen que tiene de ocho a diez pies de altura y creo que es una amarilidácea o una liliácea.

Pasando la Boca del Monte, el camino se vuelve un barrial, o más bien un verdadero charco. Luego llegué a uno de esos espacios abiertos que quizás han ido despejando los mismos viajeros que buscan un sitio donde descansar en los caminos solitarios. Se llaman contaderos, porque en ellos se reúnen los viandantes, los peones y las bestias y se aprovecha para contar a todos, asegurándose que no falte ningún cuadrúpedo ni ningún bípedo del grupo.

La cantidad de cruces que había en el contadero era señal de que había llegado a la cima después de un ascenso respetable y el descenso se me hizo eterno, quizá por no haber tenido la precaución de erigir yo también mi cruz en la cima. Dicen que nadie pasa por ese sitio sin que le caiga un aguacero, pero no estoy seguro si eso quiere decir que llueve todo el tiempo, o solo cuando pasa alguien que vale la pena mojar. La primera vez me cayeron encima unas cuantas gotas, únicamente como para mantener viva la tradición, pero después volví a cruzar el sitio cuatro veces, y en todas ellas la lluvia hizo honor a la leyenda. En especial, en una ocasión en que desafortunadamente había dormido mal la noche anterior, tuve que viajar bajo una lluvia monótona que hizo prácticamente intransitable el camino. De ordinario cabalgar por allí es como bajar a caballo el monumento de Bunker Hill después de que algún terremoto hubiera desplazado casi todas las gradas, y con el aguacero el camino estaba todavía mucho peor. La pobre mula que tenía la responsabilidad de llevarme hasta tierras de clima cálido y llenas de sol tuvo que hacer un esfuerzo tremendo. Yo, que era su carga, no llevaba ningún rótulo que dijera “manténgase seca”, pero sí “frágil, con cuidado”, y la bestia lo sabía. Por eso, mientras la mula cumplía con su oficio, yo me quedé dormido. El lomo de mi cabalgadura casi siempre formaba un ángulo de 45º con el horizonte; en cambio, mi columna se curvó todo lo que pudo hasta que los hombros quedaron casi encima de la montura. No tengo ni idea cuánto tiempo dormí ni qué soñé, pero cuando desperté, me di cuenta que el encauchado se había corrido hacia adelante, en tal forma que el agua me chorreaba del sombrero, se metía por la apertura del encauchado y me escurría por la espalda hasta la montura.

Carguero llevando un niño en brazos

Seguíamos bajando y bajando, era como bajar desde un monumento de Bunker Hill que no se terminara nunca, o de la torre de una iglesia más alta que las habas de Jack en el cuento infantil. En ese trayecto encontré a varias señoras montando a la |Turque, o para ser más explícito, a horcajadas. En Bogotá las mujeres casi nunca montan así, quizá una en cinco, y las que pretenden ser señoras |par excellence, solo lo hacen como último recurso y para cruzar el más malo de los caminos. Sin embargo, a mí no me parece que a este estilo de montar le falte gracia o que sea vergonzoso. Por una parte, mientras la jineta no lo permita, lo único que se puede ver es el tobillo; además está menos expuesta a accidentes embarazosos y no ha de usar los vestidos de moda para montar, que sí son peligrosos. A horcajadas, la mujer no tiene que cabalgar con la espalda torcida y puede dominar mejor a la bestia, porque si algo es cierto es que la bifurcación de la anatomía humana es su título de supremacía sobre el reino animal.

Pero por estos caminos es demasiado arriesgado confiarle un niño de brazos a un jinete. En el grabado de la página siguiente se puede apreciar la forma más segura de transportarlo. En él se ve a un digno descendiente de los muiscas que se ha quitado el sombrero para saludar, diciendo al mismo tiempo, “Sacramento del altar”. La frase completa, si es que alguna vez se usó, sería “Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar”, a lo cual se debe contestar, “Por siempre jamás”. Quizá reafirmando la convicción en la eficacia de la misa.

El carguero lleva una caja, improvisada en media hora, a la que clavaron unos aros para acomodarle una cubierta y una cortina de tela. Adentro va el niño, que no se da cuenta del viaje y la mamá viene media hora más atrás cabalgando en algún cuadrúpedo.

Seguíamos bajando y bajando pero, como dice el refrán inglés, era “un sendero largo y sin regreso”, aunque a diferencia del descenso moral, que no tiene límites, el físico cesa cuando se llega al nivel del mar. A través de un claro entre los árboles vislumbré las montañas y el valle en la distancia. La sombra de los árboles y de las nubes cubría el camino, en tanto que el paisaje lejano estaba bañado de sol y tenía ese colorido azul que por lo general únicamente se ve en las montañas. Ningún pintor se atrevería a utilizar en un cuadro los colores que yo vi ese día, tenían la tonalidad del cielo.

Continuábamos bajando, hasta que por fin el descenso se hizo más razonable, casi apropiado para una vía de carretas y yo me puse feliz, convencido de que iba llegando al término de la jornada. Pero de pronto me di cuenta de que al frente tenía una montaña alta, cuya cima estaba más o menos a la altura del sitio donde yo me encontraba. Era obvio que para escalarla tendría que llegar primero al pie de ella. Empecé a cabalgar loma abajo decidido a no perder la paciencia por lo menos hasta llegar al fondo. Al pie de la montaña corría un arroyo donde me detuve con ánimo de descansar y agradecido di cuenta de los huevos duros que la previsiva y amable Joanna había puesto en las alforjas de mi montura.

De nuevo en camino me asaltaron una tras otras estas sorpresas desagradables: la primera, darme cuenta de que todavía me esperaba un descenso enorme; la segunda, ver que antes de bajar debía subir la montaña que tenía al frente; y por último, saber que la noche me iba a sobrevenir en la montaña.

La última subida es completamente innecesaria; el camino sería mucho más corto si circundara la montaña, pero los españoles no gustaban de construir caminos en las laderas. Esta subida es tan grande que si estuviera en el trayecto entre Boston y Oregon, se consideraría como uno de los puntos más destacados del viaje. Sobrepasa el ascenso al Monte Holyoke y creo que también al del refugio que hay en la montaña de Catskill.

El sol se ponía cuando alcancé la cúspide y el corto crepúsculo tropical me reveló la llanura en toda su belleza indescriptible. Un episodio molesto y extravagante logró disminuir una hora o más el viaje nocturno. Hasta entonces había sido muy considerado con mi caballito, debilidad que tengo porque “el hombre misericordioso es misericordioso con su cabalgadura". Más de una vez intenté llevarlo de cabestro, pero él lo único que hacía era estirar el pescuezo en tal forma que parecía dispuesto a que solamente la trompa llegara esa noche a Fusagasugá y el resto del cuerpo lo alcanzara al día siguiente. Era tanta la resistencia del animal que casi tenía que cargarlo, hasta que quedé sin fuerzas y sin paciencia.

Apenas entrada la noche se me ocurrió un plan mejor. Aseguré las riendas a la silla, corté una rama y me fui detrás arreándolo. El sistema resultó magnífico, desde que salimos de la Sabana nunca nos habíamos entendido mejor. Pero cuando intenté montarlo otra vez, descubrí que le había gustado tanto el nuevo sistema que ya no quería cambiarlo, y que lo que pretendía era dejar el camino y seguir por los potreros y los bosques, lo cual tuve que impedir corriendo de lo lindo y viéndolo saltar por encima de rocas enormes. Ya me había mojado un pie y había empezado a perder la paciencia, cuando logré echarle mano a las riendas y detenerlo.

Si el lector piensa que el resto del camino tuve las mismas consideraciones que antes, es porque no conoce nada de la naturaleza humana. El hombre misericordioso no trata de la misma manera a todas las bestias, y si no hubiera sido porque el jinete debía tener consideraciones consigo mismo para no desnucarse, ¡mal rato habría pasado el caballito! Al frente de la iglesia de Fusagasugá estaban celebrando a todo timbal, con cohetes, la víspera de la fiesta de algún santo, pero yo seguí derecho hasta la casa de una familia inglesa que no conocía, una hora con la cual fue suficiente para compensar todas las dificultades del viaje.

A la luz del día el valle no resultó ser el paraíso de terrenos aluviales que yo había imaginado, sino que está cubierto por un diluvio o avalancha diabólica de rocas; en algunos sitios estas lo cubren totalmente, dando la sensación de que el suelo estuviera empedrado. El valle no es horizontal, sino que tiene un notorio declive al río Fusagasugá, el cual corre hacia el occidente, al pie de la cadena de montañas. La llanura está entre esta sierra y otra que hay al sureste y puede considerarse como una de las tantas estribaciones que se desprenden de la cordillera y que van a terminar al pie de ella.

Fusagasugá es un pueblo feo, situado en el extremo superior del valle, al pie de la montaña, como localizaron los españoles la mayoría de las poblaciones. Con una sola excepción, todas las casas son de bahareque y no puedo entender las razones político-económicas que permiten la existencia de este pueblo sin industrias ni suficientes visitantes que produzcan ingresos a sus pobladores. Esta clase de rompecabezas me ha llevado a la conclusión de que los granadinos ganan muy poco, gastan muy poco y más que trabajar prefieren soportar los males de la pobreza. Casi todas las casas de Fusagasugá son tiendas, verdaderas tabernas, pero sin cuartos para arrendar. Tienen dos piezas además de la cocina, que queda atrás; la primera es la tienda y los clientes no pueden pasar mucho más allá de la puerta, la otra es la sala y está pobremente amoblada; los pisos generalmente son de tierra.

Pasé la mayoría de las vacaciones de Navidad en Fusagasugá, pero aquí casi no vi nada que me interesara. Prefería la compañía de la familia donde estaba alojado, pero asistí un rato a tres bailes que se llevaron a cabo en casas de amigos. Eran fiestas en que la gente bailaba o se sentaba muy solemnemente alrededor de la sala y las mujeres y los niños ocupaban casi todos los asientos. Como “la orquesta” bogotana no tenía violinista, bailaban al son de dos clarinetes y de una pandereta. Había muy pocas mujeres bellas y muchas decididamente feas. Dicen que la moral en la población es tan buena, que no hay en esta una sola mujer cuya conducta le impida asistir a estas reuniones, a las que cualquiera puede ir sin invitación y sin llevar pareja.

Son pocos los participantes que saben bien los pasos y figuras del baile y muchos bailan como quien cumple con un deber. Pero en cuanto a solemnidad y seriedad los superan las clases altas neoyorquinas, cuyos miembros consideran que es vulgar bailar con demasiado entusiasmo.

En una de estas fiestas sirvieron una comida con carne asada y pavo, cantidades de todas sazonadas con ajo, y otros platos condimentados con limón y ají. Las señoras comieron primero, y el señor que les ayudaba a servirse, servía su plato al mismo tiempo. En la mano tenía una presa doble de pavo y cuando la articulación estaba a punto de separarse, ofrecía parte de la presa a una señora, quien la recibía con la mano. El señor, tratando de separar su propia presa y por falta de una mano libre, recurrió a los dientes, y después siguió atendiendo con gran seriedad a la siguiente invitada. Una de las damas tenía sed y un caballero le llevó la copa a los labios y mientras ella bebía él hacía el ruidito que hacen las nodrizas para que los niños beban. La actitud general revelaba un sentido de humor ausente en el baile.

Me informaron que el caballero que distribuía las presas de pavo es hijo ilegítimo del Presidente Santander. En el cementerio de Bogotá había visto un monumento al “hijo legítimo de Santander”, pero no se me ocurrió que el epitafio insinuara la existencia de hijos ilegítimos; inesperadamente en Fusagasugá me encontré con el monumento vivo a un hecho que no disminuye en nada el respeto que tienen los granadinos por ElHombre de las Leyes, quien para muchos de ellos es el hombre más grande del país. Al joven, que lleva el apellido de su padre, lo vi por última vez en el Valle del Cauca cuando en compañía de cinco señores viajaba entre Bogotá y Quito vendiendo toda clase de ornamentos religiosos.

Titulo: La Nueva Granada, veinte meses en Los Andes
Autor: Holton Isaac F.
Edición original: Bogotá, Ediciones del Banco de la República. 1981

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