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Martes, 15 de Enero de 2008 17:08

El cacique de Turmequé don Diego de Torres, aquel indígena tunjano casi legendario que llegó hasta las cortes españolas a reclamar los derechos de los nativos, elaboró en 1586 un mapa de la provincia de Santa Fe en el que incluía el pueblo indio de Fusagasugá. Y cuando el oidor Miguel de Ibarra, con el escribano Sancho de Camargo y un intérprete que entendía la lengua de los sutagaos, visitó al cura doctrinero Domingo de Variosa, en 1595, dejó constancia de que aquí vivían 759 indígenas, bajo el mando del cacique Alonso Uzaque.

 Ese mismo Alonso Uzaque, o Alonso de Fusagasugá como también se lo conocía, ya se había quejado ante la Real Audiencia años atrás por la disminución de los indígenas de su cacicazgo. Muchos habían huido de cuenta propia a pueblos vecinos como Tibacuy, Ontibón, Bosa o Bojacá, pero otros dice un documento de 1560- habían sido sacados a la fuerza por los mismos indígenas vecinos, en asocio de sus propios encomenderos. "Los llevaron a vender a otras partes a indios que comen carne humana para que los comiesen" aseguraba.Ya se presagiaba entonces el final de la etnia de los sutagaos, un pueblo que, según el censo del oidor Joaquín de Aróstegui y Escoto, constaría en 1760 con tan solo 85 individuos en toda la comarca. Todos fueron trasladados luego al vecino poblado de Pasca. Los sutagaos no fueron nunca un pueblo belicoso, y si dominaron a los sumapaces, los cundayes y los neivas fue, según el cronista Fernández de Piedrahita, "más por el espanto de sus hechizos y yerbas que con el valor de sus armas". Pura malicia indígena, diríamos hoy. Los sutagaos ocupaban una posición estratégica, entre el territorio muisca del altiplano y el de los temidos panches, indígenas de la familia caribe que venían extendiendo sus dominios a lo largo de la hoya del Magdalena. Ello había obligado a que los chibchas buscaran subyugarlos a través de grandes campañas militares que ocurrieron antes de la llegada de los españoles.

 Entre 1470 y 1490 el gran guerrero Saguanmachica con un ejército de 30.000 hombres había obligado al cacique sutagao Fusungá a la rendición. El mismo zipa, alcanzaron a registrar los primeros cronistas, había recorrido estas tierras recogiendo juramentos de fidelidad, años antes de la llegada de Jiménez de Quesada. El primer asentamiento español en la región se llamó Nuestra Señora de Altagracia de Suma Paz, importante también por su función militar de protección contra los pijaos, la principal amenaza de la segunda mitad del siglo XVI. Fue solo en 1776 cuando se hizo el trazado de la plaza y de las calles del Fusagasugá actual. A lo largo del siglo XVIII el pueblo fue adquiriendo alguna importancia, primero como lugar de paso en el camino a Girardot, y luego como sitio de veraneo de los bogotanos. Humboldt, que la visitó hacia 1800, dijo: "El camino de Santa Fe a Fusagasugá se considera uno de los más difíciles y menos frecuentados de las cordilleras, y preciso es hallarse apasionado de las bellezas naturales, para no preferir la vía ordinaria que desde la meseta de Bogotá conduce al río Magdalena por la Mesa de Juan Díaz". El suizo Ernst Röthlisberger, que fue profesor de la Universidad Nacional y yerno de Manuel Ancízar, describió así su viaje de finales de ese siglo: "A una jornada de Bogotá, hacia el Sur, se encuentra la pequeña ciudad de Fusagasugá, en un ameno valle que invita al veraneo, un remanso de delicia en medio de las cordilleras. Descendiendo a un barranco por el cual se vació en tiempos un lago situado en lo alto de los Andes, se llega a dar frente a la ciudad. Aquella vez nos sorprendió la noche en el camino. Mitad medrosos, mitad embelesados, cabalgábamos en la oscuridad del bosque. Seguíamos desconocidos senderos, mientras danzaban en torno las luciérnagas y retumbaba en nuestros oídos toda la sonora vida animal".

 Para el viajero francés M. E. André, el autor de la América pintoresca, editada por primera vez en 1884, "Fusagasugá es una pequeña ciudad, o por mejor decir una aldea grande, tan admirable por su situación a espaldas de la vertiente boscosa de la cordillera y en medio de un inmenso panorama, como fea por sus viviendas. Hay en el centro del pueblo una plaza en declive, dominada por una iglesia ruinosa, cubierta de parietarias y antecedida de una escalinata desunida. La calle principal -iba a decir la única que está empedrada a trechos con cantos rodados y a trechos con adoquines, hace en verdad muy poco honor a los ingenieros del lugar".Y para cerrar, cito la descripción bastante más positiva de Medardo Rivas (1861), "Las emociones del viajero que desciende en medio del bosque primitivo, pudiendo contemplar todavía inmensos robles, nogales elegantes y cedros corpulentos, donde se enredan plantas trepadoras cuyas hojas forman una cortina espesa y verde que se extiende a lo largo del camino, formando las flores en la parte alta una cornisa de variados y vivos colores".

Y más adelante dice el mismo Rivas: "en medio de los árboles, y rodeada de una verdura deslumbrante, se ven dos torres blancas y los tejados de una alegre población. Ésta es Fusagasugá, el lugar más poético y alegre que pueda contemplarse; y que como escondido en una arruga de la cordillera, domina la suntuosa llanura que se extiende hasta muy lejos, dejando ver más allá, entre vapores y nieblas azuladas, la región de la "tierra caliente" y un hermoso y lejano horizonte".

Hoy, con la doble calzada a Bogotá, Fusagasugá tiene quizás más cercano el horizonte. Su iglesia ya no es ruinosa y el pavimento de su calle principal ya no es tan deplorable. Lástima que poco quede de sus inmensos robles, cedros y nogales y, sobre todo, que de los sutagaos solo nos haya quedado el nombre su cacique.

Diego Andrés Roselli Cock, MD

Neuro-epidemiólogo e investigador     

Tomado del diario Portafolio

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