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Lunes, 26 de Julio de 2010 21:12

 

Entre los muchos grabados y pinturas en piedra que hay en el país, no mencionaremos sino los siguientes: en el sitio de Chinauta, jurisdicción de Fusagasugá (Departamento de Cundinamarca), se halla una piedra, gran mole errática y arenisca, de color oscuro, situada sobre la falda de una colina; una parte de la piedra parece un balcón cortado perpendicularmente a pico sobre la pendiente y tiene una altura de doce metros; la otra parte está al nivel del terreno. La superficie casi horizontal de la parte superior tiene quince metros en su mayor longitud, y su mayor anchura es de seis, y aquí es donde están grabados con claridad algunos signos, pues de otros queda apenas un vago rastro.

 

Los visibles son: una serie de puntos bien marcados que orlan un gran arco, hacia el cual tienden en la dirección de los radios algunas figuras al parecer humanas; netamente se destacan una mano, algo como formas humanas o de animales, que nacen unas de otras, y sus cabezas tienen la originalidad de estar formadas por tres puntos separados; y una serie de rombos unidos por sus vértices aparece atravesada en el centro de la piedra.

Más célebre que la anterior es la piedra de Anacutá, también en jurisdicción de Fusagasugá, la cual es un enorme canto rodado de la sierra inmediata, que deja ver todavía rotas sus estratificaciones o capas “semejantes a murallas ciclópeas de atrevidos ángulos; se presenta como un majestuoso monumento de dos cuerpos, cuyo aspecto es el de una gran tumba” Este monolito parece tallado expresamente en tiempos muy lejanos, y sirvió para ese trabajo el piso del primer cuerpo; está cortado verticalmente por todas sus faces, excepto por la oriental que permite el acceso con el auxilio de escalera, y tiene una plataforma horizontal de trece metros de longitud en el sentido de este a oeste; en su mayor anchura, de sur a norte, mide cerca de seis metros. La plataforma es un semicírculo, y del costado sur se levanta un segundo cuerpo caprichoso e irregular, en el cual están grabados cuadros, rectángulos, círculos, espirales, puntos y una rana.

No describiremos más pictografías, porque, con ligeras diferencias, tienen inscripciones parecidas pintadas con tintas vegetales rojas o negras.

Algunos autores respetables del país sostienen que los aborígenes no tuvieron conocimiento de la escritura, sea figurativa, simbólica o ideográfica, y no admiten la suposición de los que si creen que los indios representaban en la piedra los cataclismos, sus cacerías y sus migraciones. Los que niegan la escritura se apoyan en la tradición histórica, ó en la opinión de los cronistas Juan de Castellanos, Juan Rodríguez Fresle y Fray Pedro Simón. El primero decía hablando de los muiscas: carecen de letras y caracteres antiguos según las hieroglificas figuras que solían tener otras naciones”. Rodríguez Fresle asevera que los mismos indios “no tenían letras ni caracteres con qué poderse entender. Además, los que niegan invocan la misma naturaleza de los signos grabados en las piedras, para deducir que nada revelan ni pueden revelar. Sea como fuere, el problema siempre queda en pie.

Tristemente, de esto, hoy no queda nada...

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